Provocar antes que mostrar. Percibir más que observar. Sentir en lugar de analizar. Padecerlo antes que verlo, vibrarlo antes que entenderlo y asustarse más que imaginarse. Lo que predomina en «Obs» es la vivencia individual del espectáculo, en cada quien única y en nada comparable a la del otro (aunque se lo tenga al lado, empujando, pisoteando o tironeando). La Fura reclama una vivencia plena y solitaria entre una multitud.
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Pero hubo dos obsesiones en el espectáculo: la de la compañía por contar una historia de mane-ra provocativa, la del público por escabullirse y no jugar ese juego.
La gente no se involucró todo lo que se hubiera esperado para una propuesta en la que la interacción es la primera regla. Aunque la agresión y la violencia se desplegaba entre los miembros de la compañía y no hacia el público, éste optaba por intentar mantenerse al margen, a salvo. El enfrentamiento era «ellos contra ellos» y no «ellos contra nosotros» pero, aun así, el público es el ineludible coprotagonista.
Algunos, los menos, se exaltaban (nunca demasiado) y se acercaban (siempre con cuidado) mientras a la mayoría parecía pesarle el cansancio de andar deambulando por el lugar. Con el movimiento de la gente, generado por el constante desplazamiento de andamiaje de maquinaria, era frecuente quedar acorralado, y el público prefería escabullirse y escapar, quedarse lejos, y observar desde afuera. Aunque al inicio recomienden: «No traten de verlo todo porque no verán nada».
Tamaña parafernalia de escenografías ambulantes y personajes montados a ellas, salpicando con supuesta sangre o arrojando aparentes vísceras, causaban más el escape del público que el enfrentamiento y el contacto. Se oía decir «Uy, vienen para acá», «corramos para allá que está más tranquilo», pero algo verdaderamente molesto era escuchar que los grupitos de amigos se llamaban entre sí, a los gritos, para no perderse.
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