"El quinteto de la muerte"

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«El quinteto de la muerte» («The Ladykillers», EE.UU., 2004, habl. en inglés). Dir.: J. y E. Coen. Int.: T. Hanks, I. P. Hall, M. Wayans, J.K. Simmons.

Entre las muchas remakes que nadie necesitaba se puede contar esta nueva versión de «El quinteto de la muerte», obra maestra del mejor humor negro inglés que dirigió Alexander Mackendrick en 1955, con actuaciones memorables de Alec Guinness y Peter Sellers. De cualquier manera, los hermanos Coen se vieron tentados a pagar las cuentas de sus respectivas mansiones por este medio, y si alguien puede hacer que un intento tan inútil termine haciendo pasar un buen rato, sin duda son ellos.

Igual que la película clásica, esta comedia negra cuenta cómo cinco delincuentes bastante torpes utilizan el sótano de la casa de una anciana para hacer un boquete que los llevará a un suculento botín. Inteligentemente su nuevo guión cambia a Inglaterra por el sur de los EE.UU., lo que le permite a Tom Hanks intentar unos divertidos aires de caballero a la antigua -casi como un Vincent Price, con su obsesión por Poe y todo-, y volver especialmente y pintoresca a la ahora no muy frágil ancianita, una negra gorda que le parte la cara a sopapos a cualquiera que profiera una blasfemia. Sin tener en cuenta la originalidad del resto de la filmografía de los Coen -autores de films tanto más complejos como «Barton Fink»-, se mantiene su riqueza visual, de lo que ya hay muestra de sobra en la secuencia de títulos describiendo el tétrico puente que luego jugará un papel esencial en la historia como lugar desde donde liberarse de bolsas con escombros y algún que otro cadáver.

Hay gags y diálogos eficaces, y algunas composiciones actorales sin desperdicio, especialmente en secundarios como el de «el General», un imperturbable delincuente vietnamita interpretado por
Tzi Ma. La anciana Irma P. Hall es perfecta como víctima del quinteto, y Hanks, que hace de pesado verborrágico, a veces hace reír, y a veces es simplemente un poco más verborrágico de lo necesario. Un punto fuerte de la película es la mezcla musical de Carter Burwell, que combina en una misma escena música renacentista con gospel y ese ritmo moderno y mal hablado que la anciana llama «hippity-hop».

Aporte bienvenido es el corto
« Destino», que viene antes de la película (aquí sólo se vio en el Festival de Mar del Plata). En 1946, Dalí se encontró con Disney y produjeron 15 segundos de metraje. El año pasado Dominique Monfery lo terminó, recibiendo una nominación al Oscar, y la excusa del centenario del pintor como vía para distribuirlo antes que este largometraje de pretensiones mucho más modestas.

D.C.

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