El refinado Melcon expone en Recoleta

Espectáculos

El poeta Horacio sostuvo que la pintura era como la poesía. Sin embargo, el dibujo no es como la poesía: es la poesía. El dibujo desnuda su función poética por el simple hecho de presentarse con su multiplicidad de posibilidades y su total ausencia de limitaciones. Esta valoración es evidente en la obra de Miguel Melcon (1940), que presenta una muestra retrospectiva en el Centro Recoleta, con obras del período 1982-2006, más de dos décadas de su trayectoria iniciada a mediados de los '60.

El dibujo, primer medio de comunicación y de significación de la humanidad, terminó subordinando a la pintura y a la escultura, de las cuales pasó a ser antecedente preparatorio: el fresco, la pintura, la escultura, eran proyectados por medio del dibujo. Muchos elementos concurrieron a su emancipación: el uso del papel, que se generaliza a comienzos del siglo XV (en sustitución de la tablilla de cera y el pergamino): el empleo de instrumentos como el carboncillo, la sanguina y la tiza, que acrecientan las posibilidades gráficas del dibujo, sumándose a la pluma (animal o vegetal) y a las puntas de plata y de plomo: la mejora de las tintas; y el recurso a la aguada más la utilización de pinceles.

La independencia del dibujo, que se irradió desde la Toscana hacia el resto de Italia y toda Europa, se desarrolló a lo largo del siglo XVI, hasta el punto de que llegó a ser considerado el fundamento de las artes visuales, entre ellas la arquitectura. Pero además, en toda percepción de imágenes visuales subyace un texto lingüístico que queda expresado en la obra, aún cuando ésta trascienda la escritura por los diversos medios que entrañan sus vías de manifestación. Entre la escritura fonemática y el dibujo media un parentesco. Acaso fue el dibujo la primera escritura, como se señaló en ocasión de presentar la muestra «La escritura y los artistas», en el Centro de Arte y Comunicación -CAYC-, en 1991.

Algunas obras de Melcon incluyen textos sobre telas blancas y luminosas. En ellas se manifiesta la gestualidad del acto de escribir, como dibujo, mas allá de lo literario y anecdótico, legible o no. Sus dibujos y sus palabras, como texto y escritura artística, constituyen una suerte de doble actividad: la práctica visual y una lúcida conciencia acerca del contexto que lo rodea.

Melcon permite reconocer una metabolización de los dibujos de Clorindo Testa, Robert Rauschenberg y Vladimir Velickovic. Pero fundamentalmente, su retórica evidencia su acercamiento a los toques sensibles y caligráficos de Cy Twombly, un gran artista que entiende la pintura como un tipo de escritura y convierte el tejido disperso de singulares composiciones en una unidad. Ya a mediados de los '50, Twombly comenzó a desarrollar su serie de obras de carácter gestual y espontáneo, que incluían inscripciones similares a los graffiti. Signos muy refinados dispersos sobre fondos monocromáticos, con leves manchas de color. Así vimos una fantástica exhibición suya como invitado especial a la Bienal de Venecia.

Las obras de Melcon también semejan bocetos donde dialogan las marcas y las líneas. En una de sus etapas, alude a lo que surge, a lo que ya formado exige aún consolidación: «La gestación», 1984; Tiahuanacu de la serie «Estudio con feto de llama», 1986. La retrospectiva incluye grafitos, pasteles, acuarelas, collages y técnicas mixtas sobre papel de los '80 hasta sus últimas series, entre ellas, «De la memoria», de 2005. Entre los trabajos sobre tela se destaca su «Homenaje a Kafka» de 1989. Mucho de lo que debemos a Kafka es la genial anticipación del mundo contemporáneo, un mundo hostil, incomprensible, donde el hombre busca, sin esperanza ni amparo, entenderse con poderes remotos y absolutos, cuyas manifestacionesson siempre ambiguas.«Sólo encontraría felicidad», señaló Kafka, «si pudiera elevar al mundo hacia lo poco verdadero e invisible». Por consiguiente, lo verdadero es poco, y además, invisible.

Sabemos que en el sueño, la negación es imposible: algo tachado no significa necesariamente anulado, sino que la tachadura se comporta como un signo más que hay que descifrar. De esta forma, las cruces que tachan los dibujos de fetos, cerdos y otras imágenes esbozados por Melcon en sus series, aluden a todo lo contrario de una anulación, ya que ese sentido de lo onírico se relaciona con toda su obra.

«Si bien su abordaje al problema de la forma se da a través de los grafismos espontáneos e inmediatos, valorando tanto las manchas como las líneas que sintetizan las siluetas, el artista, en determinados casos, antepone una retícula de fondo sobre la superficie del papel. Esto le permite transitar por el escenario del arte conceptual, yuxtaponiendo a ese abordaje desde lo inmediato otra actitud que tiene que ver con una indagación analítica: flechas que indican fragmentos, escrituras que acompañan la imagen, estructuración más programada del plano pictórico», señaló la curadora Malena Babino.

Las obras de Melcon alcanzan gran resonancia significativa a partir de una depurada economía de medios. Los trazos del pasado están presentes en su serie «Hacia el Machu Picchu». El santuario-fortaleza descubierto en 1911 por el historiador inglés Hiram Bingham-, se encuentra a 2.500 metros de altura, entre dos picos andinos, a 137 km de Cuzco. Construido en los siglos XIV y XV, Machu Picchu es un recinto de misterio y acaso de eternidad, con su escolta de montañas impasibles y piedras silenciosas. Son las huellas de aquella Antigua América las que emergen en esta serie de Melcon. Lo simbólico descansa sobre un indisoluble juego de contrarios: mostrar y ocultar. Por ello, Eduardo Médici, otro artista de su generación, y compañero del Grupo V en los '80, escribió que las obras de Melcon hablan de lo aparente «desde el blanco que las recorre, blanco que oculta casi todos los colores, de una aparente ausencia, hasta las máscaras que invadiendo el espacio no son más que la verdad de lo que ocultan.»

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