25 de junio 2008 - 00:00
"El sabor de la noche"
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Como en las obras plásticas de Hopper, Jeremy (Jude Law) y Lizzie (Norah Jones) comparten fugazmente sus soledades.
Los protagonistas son ahora Lizzie (la cantante Norah Jones) y Jeremy (Jude Law).
Ella, sin profesión definida, acaba de ser abandonada por un hombre, sin mayores explicaciones; él, más resignado desde su última ruptura, atiende su propio bar al paso. Sobre el mostrador hay un frasco en el que se acumulan las llaves de algunas parroquianas: son las que le han dejado en custodia a Jeremy, buen confidente, y que corresponden a casas donde ya no vive nadie pero donde sus antiguos moradores vivieron algunos días de felicidad.
El próximo llavero que caerá allí dentro, desde luego, es el de Lizzie, antes de que ella, luego de haber pasado varias noches conversando con él (esas conversaciones susurradas, típicas del cine de Kar Wai), y devorando la especialidad que nadie le pide, el pastel de arándanos -blueberry-, salga a recorrer América para trabajar de moza en Memphis, en Nevada o donde sea.
En el camino, lo accidental sale a su encuentro: conocerá a un policía depresivo y alcohólico (David Strathairn), que no se resigna al desprecio de su ex esposa (Rachel Weisz), y a una jugadora compulsiva, frágil y ciclotímica (Nathalie Portman) con la que establecerá un vínculo extraño. En todo momento, Lizzie mantiene el contacto con Jeremy a través de cartas, aunque no le indique su destino preciso. Tal vez, en algún momento haya un reencuentro, aunque ninguno lo aguarde con ansiedad.
La banda de sonido de «El sabor de la noche», además de incorporar climáticamente temas de la propia Jones, Cat Power, Otis Redding, Cassandra Wilson, Gustavo Santaolalla y Ry Cooder, responsable este último de la totalidad de la música, deja oír también una cita especial: el «Tema de Yumeji», en versión de armónica, que era el leitmotiv de «Con ánimo de amar». Un puente más hacia ese mismo pasado cinematográfico de cuyos personajes, el señor Chow y la señora Chan de Hong Kong, ya no se sabe más nada, pero que reencarnan en estos nuevos, más jóvenes y a la vez más envejecidos y desencantados.


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