"El sabor de la noche"

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«El sabor de la noche» («My Blueberry Nights», Hong Kong-China-Francia, 2007; habl. en inglés). Dir.: Wong Kar Wai. Int.: N. Jones, J. Law, D. Strathairn, R. Weisz, N. Portman y otros.

A lo largo de la obra de una vida, todo artista regresa una y otra vez sobre una misma historia, aunque a veces no lo parezca. Con «El sabor de la noche», Wong Kar Wai se reafirma como el cineasta de una única película. Primero fue (aunque la mirada podría volver hacia atrás y encontrar elementos comunes en sus films anteriores) «Con ánimo de amar» (2001), a la que siguió tres años después su desesperanzada y confusa secuela, «2046».

Ahora, «My Blueberry Nights», título original, representa para el director de Hong Kong no sólo su primera aventura en un lenguaje y un medio extraños, los de los Estados Unidos, sino la posibilidad de continuar relatando esa misma historia con perspectivas distintas y personajes no demasiado diferentes, marcados por un destino común, el del encuentro fortuito luego de respectivos fracasos amorosos.

En el mundo de Kar Wai, quienes encuentran la felicidad en el amor siempre son los demás, nunca los protagonistas, y tal vez por eso mismo son abandonados. Desde luego, los demás no existen: o no se los ve nunca, como en «Con ánimo de amar», o son apenas entrevistos a través de una ventana sórdida, como en este caso.

Están allí sólo para señalarles a los protagonistas, los desamparados, que a ellos no les fue dada esa posibilidad amorosa, y que sólo les queda intentarlo una vez más, remedarlo, buscarlo con calma o angustia, y -tal vez- obtenerlo aunque sin advertirlo, lo que representará fatalmente un nuevo fracaso, una próxima película.

Si bien los EE.UU. son un territorio ajeno, para Kar Wai no se trata de su primera extranjería. En «Felices juntos» había rodado en Buenos Aires, en la Boca y San Telmo más concretamente, aunque tanto en aquella como en esta nueva película continúe sin abandonar jamás los suburbios de Hong Kong, sus pensiones miserables, sus cafés mal iluminados, sus adoquines y farolas mortecinas. Es un paisaje que lleva dentro, que revive fantasmalmente en otros, que vuelca de manera onírica en cualquier bar del mundo. Pero, si de todos los cafés del mundo justamente tenía que elegir Ilse el de Rick en Casablanca, en Kar Wai es al revés: el amor siempre está en otra parte, como en los personajes solitarios de Edward Hopper.

Los protagonistas son ahora Lizzie (la cantante Norah Jones) y Jeremy (Jude Law).
Ella, sin profesión definida, acaba de ser abandonada por un hombre, sin mayores explicaciones; él, más resignado desde su última ruptura, atiende su propio bar al paso. Sobre el mostrador hay un frasco en el que se acumulan las llaves de algunas parroquianas: son las que le han dejado en custodia a Jeremy, buen confidente, y que corresponden a casas donde ya no vive nadie pero donde sus antiguos moradores vivieron algunos días de felicidad.

El próximo llavero que caerá allí dentro, desde luego, es el de Lizzie, antes de que ella, luego de haber pasado varias noches conversando con él (esas conversaciones susurradas, típicas del cine de Kar Wai), y devorando la especialidad que nadie le pide, el pastel de arándanos -blueberry-, salga a recorrer América para trabajar de moza en Memphis, en Nevada o donde sea.

En el camino, lo accidental sale a su encuentro: conocerá a un policía depresivo y alcohólico (David Strathairn), que no se resigna al desprecio de su ex esposa (Rachel Weisz), y a una jugadora compulsiva, frágil y ciclotímica (Nathalie Portman) con la que establecerá un vínculo extraño. En todo momento, Lizzie mantiene el contacto con Jeremy a través de cartas, aunque no le indique su destino preciso. Tal vez, en algún momento haya un reencuentro, aunque ninguno lo aguarde con ansiedad.

La banda de sonido de «El sabor de la noche», además de incorporar climáticamente temas de la propia Jones, Cat Power, Otis Redding, Cassandra Wilson, Gustavo Santaolalla y Ry Cooder, responsable este último de la totalidad de la música, deja oír también una cita especial: el «Tema de Yumeji», en versión de armónica, que era el leitmotiv de «Con ánimo de amar». Un puente más hacia ese mismo pasado cinematográfico de cuyos personajes, el señor Chow y la señora Chan de Hong Kong, ya no se sabe más nada, pero que reencarnan en estos nuevos, más jóvenes y a la vez más envejecidos y desencantados.

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