26 de octubre 2000 - 00:00

"EL VIAJE DE JULIA"

Hacia fines de los '60 y principios de los '70 o sea, hace mucho tiempo, en una galaxia lejana, hubo una generación que creyó encontrar en Oriente el «camino hacia el Yo» que no podían hallar en sus familias de clase media alta y pudiente. Para esa generación ligeramente sadomasoquista, que combinó la utopía del placer sin restricciones con una postura cercana a la autoflagelación, Oriente no fue tan sólo, como puede serlo hoy, el consumo de música exótica, los restoranes étnicos, el corte de pelo al ras, el piercing y los festivales de cine independiente.Así como muchos jóvenes peregrinaron por aquellos tiempos a Katmandú, Bangladesh y tantos otros destinos de toponimia con menor marketing, Esther Freud, bisnieta de Sigmund e hija del pintor Lucian, eligió renunciar al confort inglés para probar suerte en Marruecos. Sus experiencias, más o menos transformadas, dieron origen al libro en el que se basa esta película.
«El viaje de Julia» tiene una notable protagonista en Kate Winslet (sin los filtros «Titanic», sudorosa, con algo de acné, tan desorientada y a los tumbos como su personaje), hundida en una Marrakech escasamente turística y a la busca de un sufí que la libere de su angustia existencial: la insatisfacción, en aquellos tiempos, requería de bálsamos demasiado exigentes. Winslet compone un personaje absolutamente creíble.
Julia no está sola, lleva a cuestas a sus dos pequeñas hijas Bea y Lucy, quienes hasta parecen de hecho, lo son mucho más maduras que su madre de 25 años. Son las que le dan consuelo cuando ese lejano marido que quedó en Inglaterra se va olvidando de ellas, y son también quienes le abren los ojos sobre el árabe, simpático y mentiroso, en quien ella cree descubrir su nueva pasión.
«Hideous Kinky», título original del film (es una muletilla que intercambian juguetonamente las hermanas; de manera literal sería «horriblemente raro», aunque lo traducen por «perverso») es una película que jamás deja de interesar al espectador; está bien actuada, tiene una especial «transparencia» e inmediatez con lo contado, y atrapa aunque carezca, deliberadamente tal vez, de una definición narrativa lineal o de un norte específico.
Además del gran trabajo de Winslet, el actor francés Said Taghmaoui, como el árabe, aporta esa dosis de frescura y desparpajo que termina de darle el sabor buscado a una película cuyo valor más alto es, sin duda, el afinado retrato de ese tipo generacional que quedó aplastado por sus mayores y superado por sus hijos, siempre a la busca de gurús que jamás aparecieron.

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