12 de abril 2002 - 00:00

Emociona sin golpes bajos

«La fuerza del corazón» (Haut les coeurs, Francia, 1999, habl. en francés). Dir.: S. Anspach. Guión: S. Anspach y P.E. Guillaume. Int.: K. Viard, L. Lucas, J. Cottereau, C. Waution, D. Sauvegrain.

Nunca es un detalle al margen, el título. Cierto que «La fuerza del corazón» enseguida remite a una película norteamericana sobre hija enferma, que tuvo oscares y segunda parte, y poco faltó para poner también una serie televisiva. Pero el título original, «Haut les coeurs», que acá coincide naturalmente con el animoso cuan resignado saludo «¡Arriba los corazones!», más bien parece de comedia, y esta película de comedia tiene poco y nada.

Sin embargo, esa vieja y remanida frase pareciera ser la consigna que mantiene con fuerzas a la protagonista, mientras la vida entera se le viene abajo. Drama duro, despojado, sin golpes bajos, sobre una joven embarazada a quien los médicos le descubren un cáncer de pecho, la película no hace reír, precisamente. Lo bueno es que tampoco hace llorar con lágrima fácil. Pero emociona, y de qué modo.

La clave de la emoción está, precisamente, en el control de las emociones. Lo que no revienta en la pantalla, revienta en el pecho del espectador. Y está también en la afirmación de vida: lo que se describe es el proceso de lucha y probable recuperación de la enferma, que cambiará de médico con tal de tener a su hija, asumiendo luego otros sacrificios. Y está en la sinceridad de no darle al espectador más ilusiones ni consuelos de los que realmente pueda haber. La autora, Sólveig Anspach, sabe de qué habla. Ella enfrentó ese mismo cáncer durante dos años, y aún lo enfrenta.

Seriedad

A destacar, también, la seriedad con se expone el tema en sus varios aspectos, tanto un grave informe médico, como el precio (abusivo) de una prótesis con tres sostenes y mínima cobertura de la obra social, el aporte bien expresivo pero nada ostentoso de los técnicos, y la lúcida pintura de los demás personajes y ambientes. La formación documentalista de la autora tiene mucho que ver en esos méritos.

Pero hay algo más, que aquí es fundamental: el trabajo intenso y sensible de
Karin Viard, en una composición de enormes exigencias. Nadie diría, además, que es la misma rubiecita de «Los amantes del siglo», «Delicatessen», ni «El odio». Una actriz para tener en cuenta.

Dejá tu comentario

Te puede interesar