19 de diciembre 2000 - 00:00
En el país crece la actividad artística, pero se vende poco
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Así, la zona que tuvo su génesis histórica en el Centro Cultural Rojas se expandió a los confines del Abasto y, más allá, hasta los límites de Almagro y Palermo Viejo. La movida sorprende, incluso, a los propios protagonistas. «La paradoja es que nadie tiene un peso y pese a todo, la producción artística es cada día más numerosa e intens a», señala Magdalena Jitrik.
Escrita por los propios artistas, la revista, con sus honestas y a veces crueles reseñas, trajo aires saludables a un ambiente viciado por la decadente adjetivación de las crónicas «oficiales».
Con esta inspiración, y en un remate de farsa, el grupo cada día más extenso que integra «Ramona», supera los prejuicios de la crítica y también el antagonismo que genera el meneado «mercado del arte», situación que finalmente se resuelve en una extraña paradoja.
Por un lado, el espíritu mercantilista que tuvo su apogeo en la década del ochenta no ha logrado extinguir el concepto de la tradición romántica, que surgió en el siglo XVIII y considera al arte un objeto de culto, único e invalorable, cuyo carácter casi sagrado impide medirlo en dinero, pero justifica al mismo tiempo -para algunos-los precios con extremo que en ocasiones paga la gente.
Por otro lado, el arte re-úne también los atractivos que demanda la franja de consumidores de productos de alto valor económico. Aquellos que, cueste lo que cueste, aspiran a diferenciarse gracias a la posesión de lo exclusivo y reclaman algo especial, que depare experiencias diferentes, emociones intensas, placer estético y si es posible, prestigio. Sucede así que cuando el arte es capaz de calmar esta ambición, los precios tienden a volverse «abstractos».
Y claro, se da la paradoja de que para la mayoría de la gente formada bajo la influencia de la mencionada tradición romántica, hablar del precio de una obra de arte todavía es un pecado, ya que ofende su condición «divina», mientras ocurre que su consagración llega en gran medida a través del mercado, que lo integra a la economía como a cualquier otro bien de consumo.
Pero además, y lo más importante, más allá de las paradojas, es que los artistas aspiran a vivir de su trabajo, dato que dejando atrás falsas antinomias, remonta el editor de «Ramona», Gustavo Bruzzone, quien inauguró un coleccionismo dedicado a reunir casi en exclusividad obras de la década del noventa y realizadas por sus amigos. Bruzzone, abogado penalista y fiscal de la Nación, entró por primera vez al Rojas para dar una conferencia, y de modo casual descubrió el placer que depara el arte y el trato con los artistas. Luego, según dice, comenzó por cuestionarse: «¿Por qué regalar un reloj de marca cuando se puede optar por una obra de arte?»
La predisposición a pagar cifras alucinantes, que superan ampliamente las de cualquier otro objeto hecho por el hombre, no ha llegado a la Argentina, país donde no se termina de descubrir que el arte es la estrella más brillante de la industria del ocio y el turismo de alto vuelo. Sin embargo, algunos comienzan a percibir ese valor potencial y la metodología en boga para formalizar cierta protección institucional, tanto pública como privada, es la de premiar a los artistas.
En ningún país de la tierra se otorgan tantos premios como en la Argentina, fenómeno que en estos días se tornó evidente. A los ya tradicionales Premios Nacionales, se sumaron los del la I Bienal de Arte, el Leonardo, los que otorga el Fondo de las Artes y el recién inaugurado Banco Nación.




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