3 de julio 2001 - 00:00
En setiembre abre Costantini su museo
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Maqueta del MALBA.
Fortabat, por su parte, tuvo siempre una relación estrecha con los museos de EE.UU. y una genuina vocación solidaria que no encontraba eco suficiente en la Argentina. Costantini había roto el hielo, y no cabe duda que su ejemplo estimuló su interés de participación social. En poco tiempo, surgió en Buenos Aires otro proyecto de creación de un museo privado. Y concretamente, su próxima apertura implica que otro retazo importante de la historia del arte estará a disposición del público.
Entre los coleccionistas más importantes del mundo, incluso de pintura impresionista que es la más cotizada, figuran varios argentinos, pero salvo casos excepcionales, que en general se trata de extranjeros, nadie ha podido disfrutar de esas obras. Es cierto que el caso de la colección Helft es diferente, y ofrece una solución intermedia: puede ser visitada concertando una cita previa.
Este repentino cambio de estilo en la conducta de dos poseedores de notables tesoros artísticos provocó adhesiones y rechazos. Los rechazos los padeció casi todos Costantini, y tomaron la forma de una enconada resistencia vecinal. En la zona de San Martín de Tours y Figueroa Alcorta, donde se está terminando de construir el MALBA, algunos vecinos opinan que «el museo va a degradar a Barrio Parque».
Las adhesiones más notables fueron las de los coleccionistas, como Eduardo y Ricardo Grüneisen, que le ofrecieron sus obras del grupo Nueva Figuración para que las exhiba en el MALBA. En cuanto a Fortabat, tuvo también sus dolores de cabeza, cuando le exigieron que los planos del célebre Rafael Viñoly, autor del pequeño edificio que albergará su colección, se adaptaran a las normas de Puerto Madero.
En suma, esta nueva mentalidad que irrumpió en la Argentina se acerca a la de los pioneros del coleccionismo, que abrían las puertas de sus casas y exhibían sus obras con afán educativo, como los Guerrico, Adriano Rossi o Aristóbulo del Valle, entre muchos otros. Hoy, como ayer, no es extraño que los coleccionistas, y Juan Vergez es un ejemplo, estudien la posibilidad de que sus obras tengan como destino un museo.


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