3 de julio 2001 - 00:00

En setiembre abre Costantini su museo

Maqueta del MALBA.
Maqueta del MALBA.
(02/07/2001) El jueves pasado, la Legislatura porteña aprobó la ley que permitirá abrir sus puertas al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, con 34 votos a favor, 11 en contra y una abstención, la de Irma Roy. Así, las obras del edificio detenidas la semana pasada por orden de la Dirección de Obras y Catastro del Gobierno de la Ciudad se reanudaron el viernes, y se fijó la fecha de apertura para el 18 de setiembre.

Se exhibirá entonces la colección permanente formada con obras cumbre de Latinoamérica, y por primera vez existirá un museo dedicado al arte de la región. El escenario artístico de Buenos Aires va a cambiar sin duda en pocos meses más con la apertura de dos museos de primer nivel, dado que al MALBA se suma el de la Colección Fortabat, rica también en obras de artistas latinoamericanos. (Se dice que si Costantini tiene un cuadro de Kahlo, Fortabat tiene cinco, y el resto en esa proporción).

Sin embargo, el cambio que ha provocado el debate sobre si es lícita o no la apertura del MALBA junto a la agresiva irrupción mediática de Costantini trajo aparejados otros cambios que son tanto o más interesantes que el de la riqueza artística que se incorpora en breve a la Ciudad.

Costantini llegó al coleccionismo imponiendo un nuevo estilo de alta visibilidad, más cercano al de los estadounidenses que al de las últimas generaciones de argentinos que, en todo caso y en estas últimas décadas, se han mostrado más propensos a ocultar sus tesoros artísticos que a exhibirlos frente al público.

Con la donación de importantes obras al Museo de Bellas Artes y una sala con condiciones museísticas especiales, la Colección Hirsch encarnó hasta ayer el mejor modelo de generosidad, elegancia y moderación. Pero cuando llegó Costantini con su propuesta de abrir su propio museo, la figura del coleccionista cambió de modo rotundo. Para comenzar, limitó -según su criterio-el derecho de propiedad privada.

«El dueño de una obra de arte -suele afirmar-no es más que un depositario transitorio de un bien que, en suma, tiene valor público y que tarde o temprano debería pasar a formar parte del patrimonio de los museos, o sea, del público.»

Fortabat, por su parte, tuvo siempre una relación estrecha con los museos de EE.UU. y una genuina vocación solidaria que no encontraba eco suficiente en la Argentina. Costantini había roto el hielo, y no cabe duda que su ejemplo estimuló su interés de participación social. En poco tiempo, surgió en Buenos Aires otro proyecto de creación de un museo privado. Y concretamente, su próxima apertura implica que otro retazo importante de la historia del arte estará a disposición del público.

Entre los coleccionistas más importantes del mundo, incluso de pintura impresionista que es la más cotizada, figuran varios argentinos, pero salvo casos excepcionales, que en general se trata de extranjeros, nadie ha podido disfrutar de esas obras. Es cierto que el caso de la colección
Helft es diferente, y ofrece una solución intermedia: puede ser visitada concertando una cita previa.

Este repentino cambio de estilo en la conducta de dos poseedores de notables tesoros artísticos provocó adhesiones y rechazos. Los rechazos los padeció casi todos
Costantini, y tomaron la forma de una enconada resistencia vecinal. En la zona de San Martín de Tours y Figueroa Alcorta, donde se está terminando de construir el MALBA, algunos vecinos opinan que «el museo va a degradar a Barrio Parque».

Las adhesiones más notables fueron las de los coleccionistas, como
Eduardo y Ricardo Grüneisen, que le ofrecieron sus obras del grupo Nueva Figuración para que las exhiba en el MALBA. En cuanto a Fortabat, tuvo también sus dolores de cabeza, cuando le exigieron que los planos del célebre Rafael Viñoly, autor del pequeño edificio que albergará su colección, se adaptaran a las normas de Puerto Madero.

En suma, esta nueva mentalidad que irrumpió en la Argentina se acerca a la de los pioneros del coleccionismo, que abrían las puertas de sus casas y exhibían sus obras con afán educativo, como los
Guerrico, Adriano Rossi o Aristóbulo del Valle, entre muchos otros. Hoy, como ayer, no es extraño que los coleccionistas, y Juan Vergez es un ejemplo, estudien la posibilidad de que sus obras tengan como destino un museo.

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