17 de junio 2003 - 00:00

Es atractiva la nueva versión de "Bomarzo"

«Bomarzo», ópera de A. Ginastera. Con C. Bengolea, R. Yost, A. Malvino, C. Farley, V. Correa Dupuy, M. Lombardero y otros. Regie: A. Arias. Esc.: R. Platé. Vest.: F. Tournafond. Cor.: D. Theocharidis. Dir. Coro: A. Balzanelli. Orq. Estable dirigida por S. Lano. (13/ 6, Teatro Colón.)


Esta ópera es el Op. 34 de Alberto Gin astera, se desarrolla en dos actos y quince cuadros, y
el libreto es de
Manuel Mujica Láinez basado en su novela histórica. En 1967 « Bomarzo» ya estaba transformada en ópera y lista para entrar en la leyenda, con la ayuda de la intelectualidad, la iglesia y los militares. Por lo tanto, a las desventuras de Pier Francesco Orsini deben agregarse la de sus creadores y los contemporáneos.

El resultado es esta ópera todavía sorprendente, inquietante, escandalosa para algunos y lógica para otros. Esta vez el «racconto» conserva su atmósfera inquietante y atormentada, aunque no se reproduce el Renacimiento italiano, sino el tiempo de la cultura vanguardista de fines de los '60, en aquella Argentina con futuro: el Instituto Di Tella, con una reproducción de la Calle Florida y aquella creativa « Manzana loca» que fue punto de partida de tantas mentes lúcidas que después se proyectaron internacionalmente, reproducida a escala por el escenógrafo Roberto Platé.

Alfredo Arias
es otro de aquellos, y con toda lógica evoca aquel ámbito de creación permanente, el Parnaso de las nuevas generaciones del arte de la representación que tomaba las enseñanzas de los maestros como estímulo para «ser» o para debatir. «La pintura de caballete se terminó» -profetizaba Romero Brest-: como consecuencia tenemos en el escenario marcos de cuadros de los cuales salen seres vivos, algunos desnudos con plasticidad de movimientos. En este ambiente se suceden la paranoia y las intrigas de aquel grupo de atormentados renacentistas que viven horrorosamente perseguidos, por amenazas reales o por fantasmas. Diana Theocharidis pone en contínuo movimiento simbólico a sus expresivos y jóvenes bailarines, con el respaldo de sus marcaciones originales e inteligentes -que no excluyen al tango o al malambo-y hasta la erótica acrobacia que señala el delicado equilibrio de una sexualidad lacerada por los desvaríos. Desde el foso, donde también se instaló el coro, vienen misteriosos sortilegios de sonido con diferentes grados de intensidad de matices.

Stefan Lano
rescata la originalidad de la partitura, más técnica que emocional, es verdad, pero de una solidez incuestionable. La sección de percusión trabaja más que un año entero de ópera tradicional, pero esa presencia es fundamental, así como la del coro, que canta consonantes o hace gemidos estremecedores. El elenco de cantantes exhibe su mejor costado actoral, ya que el canto declamatorio está más al servicio del texto y la acción dramática que a convencionalismos vocales.

Muy bien el tenor Carlos Bengolea en el protagónico, su labor es agotadora pero la llevó sin flaquezas hasta el final. Ricardo Yost como su padre autoritario y Alejandra Malvino como su abuela componen creíbles personajes. La pronunciación yanqui de Carol Farley no le resta mérito al papel de Julia Farnese; Virginia Correa Dupuy admirable como Pantasilea. Estupendo el elenco, del que no puede evitar sobresalir la niña Carla Franzé como el pastorcito que prologa y epiloga la historia. Conmueve a sectores del público que se coloque una bandera argentina sobre el cadáver del Duque de Bomarzo, pero es uno de los tantos simbolismos que enriquecen este soberbio espectáculo.

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