Contrariando un poco al famoso dicho sobre las segundas partes, la que ahora vemos es inesperadamente buena. Aún más: hasta podría afirmarse que es mejor que la primera... lo que a fin de cuentas no significa gran cosa, ya que la primera era mala. Exitosa, es cierto, pero fran-camente mala. En comparación, y sin llegar a deleitar ni, mucho menos, a emocionar, esta segunda parte está mucho más cuidada en casi todos sus rubros.
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Por empezar, tiene trucos mejor elaborados (tanto con animales verdaderos como con muñecos, a través del famoso animatronic), y también tiene diálogos un poco más chispeantes, y un argumento algo más simpático. Esta vez, el doctor que habla con los animales arriesga su buen nombre tratando de salvar un bosque (a pe-dido de un castor mafioso, el castodrino), mientras afronta dos serios problemas.
El primero, es transformar en fuerte y salvaje a un oso de circo decididamente cómodo y cobarde. El asunto es casarlo con una osa. El segundo problema es todavía más difícil: bancarse a la hija adolescente, en esa etapa en que la nena consentida se avergüenza del padre, y el desvergonzado del novio le invade la casa. Y la madre tampoco ayuda mucho que digamos.
En suma, la vieja y eficaz receta de siempre, desde que el mundo es mundo y los americanos inventaron la soap opera. Y como siempre ocurre en estos casos, todo se soluciona debidamente, estilo Hollywood. Es decir, tras algunas peripecias la familia y los animales se ven unidos, satisfechos, llenos de amor, etc. Lo mismo pasa con la familia del espectador.
Sólo hay que saber soportar algunas guarangadas y chistes chanchos (por suerte son menos que en la primera película), aceptar que el animatronic todavía es perfectible, y cumplir con algunos otros pequeños actos de tolerancia familiar, ya que después de todo (esto hay que tenerlo en cuenta) sólo se trata de un pasatiempo para niños y adolescentes demorados.
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