«Un asunto de mujeres» («Une affaire de femmes», Francia, 1988; habl. en francés). Dir.: C. Chabrol. Int.: I. Huppert, F. Cluzet, M. Trintignant, N. Tavernier y otros.
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"Un asunto de mujeres", que se estrenó en el país catorce años después de su lanzamiento internacional, es uno de los films más negros de Claude Chabrol, si no el más negro. Parte de un caso real: los años finales en la vida de Marie Latour, la última mujer guillotinada en Francia. Sin embargo no se trata, ni podría tratarse, de un relato vindicatorio: así como no hay verdugo bueno, no hay guión capaz de convertir a una abortista en mártir.
La referencia histórica vuelve más densa la habitual problemática moral de las ficciones policiales de Chabrol, un director cuya marca de estilo lo pone a resguardo de tomar partido ante su protagonista: Chabrol jamás mostró compasión por sus personajes y dejó que los argumentos, en los que estaban envueltos, hablaran por sí. Mucho menos lo haría en este caso.
Marie, interpretada por Isabelle Huppert (una actriz cuya mirada puede transmitir todas las emociones juntas y hasta la peor de ellas, la ausencia total de emoción) vivió su castigada juventud en los años de Vichy. Llegó casi por azar al oficio que la volvió conocida en su comunidad: una vez, ayudó a una vecina a practicar un aborto, y de inmediato se dio cuenta de lo lucrativa que podría ser la tarea.
En esos años de deportaciones de hombres a Alemania, de frecuentes violaciones de soldados alemanes a mujeres francesas y de relaciones sexuales practicadas con ellos con total consentimiento, se produjeron numerosos embarazos indeseados.
Marie descubrió que podía ganar más dinero que si se hubiese dedicado a la prostitución. Su matrimonio con un holgazán se venía desbarrancando, tenía dos hijos e infinidad de deudas. Y casi nunca demostró, ante su tarea, remordimiento de conciencia alguno. Sólo en una ocasión, tras un episodio complicado, se le apareció la sombra de una duda: en un bar, le preguntó a la prostituta a la que alojaba por horas en su casa (una renta adicional) si ella creía que los bebés recién engendrados tenían alma en la panza de sus madres. «¿La tienen ellas?», fue la respuesta. «Un asunto de mujeres» es ese asunto que, según Marie, los jueces condenan porque son hombres y no entienden. Su marido no se diferencia, en ese sentido, de los acusadores con toga. Marie hasta relativiza el hecho de que la Francia nazi la envía al cadalso simplemente porque necesitaba, en ese momento, un chivo expiatorio paradigmático en temas de índole moral. No sería forzado decir que, para ella, Hitler era malo sólo por ser hombre.
Para Marie, la opresión sexista es más poderosa que la política, y para Chabrol el infierno no puede ser más puro y claustrofóbico: ni siquiera la biografía de Marie toleraría ser entendida, políticamente, como parte de la «resistencia», pese a lo que le grita una vez a su marido. Ella elimina lo que las mujeres no quieren que nazca, sobre todo si es obra de alemanes, pero su joven amante es colaborador de la Gestapo. En su vida no hay convicciones políticas, y mucho menos religiosas: allí está su hiriente «Ave María» profano. Chabrol sobreimprime la escena final con un pedido de compasión por los hijos de todos los condenados. Hay muchos en esta película.
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