Estupendas muestras de Piceda y Schvartz

Espectáculos

Ha pasado ya bastante tiempo desde las primeras esculturas de Cristina Piceda cuyas formas evocaban el cuerpo y su interacción erótica a través de curvas y ondulaciones que se abrían a la manera de flores. También las formas penetrantes que irrumpían voluptuosamente respetando la cualidad del material, mármol en su mayoría, trabajado con gran oficio.. Hacia el año 2000 comenzó una osada combinación de mármol y madera que lograba fundirse, mimetizarse.

En estos últimos años, Cristina Piceda ha reflexionado y profundizado conceptos escultóricos que le han permitido dar una vuelta de tuerca en su quehacer, ahora, más racional, dejando que los materiales se expresen por sí mismos. En su actual muestra en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), la madera tiene protagonismo. Le ha dejado la pátina del tiempo, la interviene mínimamente, ha creado un alfabeto que le da vida y en un punto las modifica sutilmente por astillas de mármol trabajadas. Un ejemplo de esto es «Emperador II».

Destacamos una escultura yacente «En Reposo», madera africana y mármol blanco de Carrara, un diálogo entre esos materiales que se contienen uno al otro. Otras combinaciones, madera africana y acero inoxidable, relieves como «Recuerdos de Hoy» o «Recuerdos de Ayer», «En Espejo», madera africana, acero inoxidable y mármol negro español, señalan un encuentro de materiales opuestos que se suma a la delgada elegancia de un conjunto de totems estratégicamente dispuestos en la sala a la manera de vigías de un espacio misterioso.

En la sala contigua, unas gigantescas vigas que remiten al año 1886, fecha de construcción del Puerto de Buenos Aires y extraídas del agua, sorprenden por su tamaño y por la historia que las recorre; aparecen como testigos de un tiempo pasado. Piceda las ha respetado, consecuente con esta «nueva» manera de abordar su quehacer escultórico. Hasta el 16 de octubre.   

  • «Marcia Schvartz-Joven pintora» que se exhibe en el Museo Sívori cubre el período 1975-1984, Buenos Aires y Barcelona, ciudad en la que se exilió hasta su regreso en 1982. Dibujante excepcional, su estilo refleja las enseñanzas de Aída Carballo, Ricardo Carreira y Luis Felipe Noé, además puede vinculársela con las críticas y nada complacientes imágenes de artistas como Carlos Alonso, Antonio Berni o Pablo Suárez.

    «Pintura dura, de pésimo gusto, sin atenuantes. Discépolo la hubiera amado», así la define Carlos Gorriarena. Pero que cala hondo cuando retrata prostitutas, travestis, marginales de toda laya en tugurios que se parecen en todas las grandes capitales. Mordaz, incisiva para retratar la «Felicidad Conyugal», un óleo de 1980, donde una adiposa señora se corta las uñas de los pies mientras el marido duerme; el ridículo «Rama Femenina» (1976), que sugiere que todas las mujeres del partido se querían parecer a Evita, rodete rubio incluido; las bañistas de La Perla o La Salada, imágenes crudas del sexo explícito y fugaz.

    La galería de sus retratados está vinculada al gran grotesco argentino que aún persiste en todas las capas sociales, hoy más acentuado por lo «fashion» y el «cholulaje» mediático que nos invade. No hay escenas urbanas que se le hayan escapado, vecinas chismorreando, la sufrida que se duerme en el subte, la que mira arrobada sus flores de plástico, los colectivos fileteados, el folklore del Abasto, barrio en el que vivió durante 15 años a su regreso, el « under» de los '80.

    En esta galería están tambien los amigos. Se destaca una conmovedora imagen del artista Alberto Heredia, el angustiante retrato de Alejandro Furlong así como sus autorretratos reveladores de su fuerte personalidad. Obra provocativa, densa, en absoluto condescendiente, «una mirada cargada de escepticismo y a la vez, de una simpatía profunda, indescriptible», como señala Laura Malosetti Costa en el libro-catálogo editado para la muestra y en el que se refiere a su estilo, su vida en Barcelona, su regreso, sus acciones y performances que realizó tanto en esa ciudad como en Buenos Aires a mediados de los '80 en el ambiente bohemio del Parakultural y de Cemento, reflejado en «Camarín» (1986) y que por razones sociales y cronológicas no tiene retorno. Clausura a fin de mes.
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