Exhibe Bellas Artes al innovador Malharro

Espectáculos

Una intensa labor de investigación ha reaizado Ana Canakis, licenciada en Historia de las Artes de la UBA, autora del estudio crítico y curadora de la muestra «Malharro, un innovador», que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes. Un minucioso análisis de documentos y textos de la época, los numerosos escritos del artista y, en especial, los trabajos pictóricos permiten un mayor conocimiento de la obra de este artista nacido en Azul en 1865 y fallecido en Buenos Aires en 1911, considerado el introductor del impresionismo en el arte argentino.

Son cincuenta y siete obras entre óleos, acuarelas, dibujos-tinta pertenecientes tanto a colecciones particulares como a las de importantes museos de nuestro país, que dan cuenta de una visión del paisaje «como revelación de un sentimiento por la naturaleza» que desarrollaría a través de su vida. Cuando en 1894 se presenta por primera vez en el Segundo Salón Anual organizado por El Ateneo, y obtiene una segunda mención por «El Corsario La Argentina» del que se conocen tres versiones, una de ellas presente en esta exposición, ya se había instalado en la sociedad el debate sobre la necesidad de un arte nacional.

Con gran éxito se dedica a la ilustración de revistas, libros y diarios, por ejemplo, «La Nación», donde ilustra hechos policiales. En 1895 parte a Francia y las obras pintadas al aire libre, a diferentes horas del día y en diferentes climas presentan gruesos empastes , «Chateau des Brouillards», (1900) «Nocturno» (1901), «El arado» (1901), tienen como antecedente la Escuela de Barbizon.

No se sabe mucho sobre su actividad pictórica en París, si frecuentó talleres o artistas pero en «Críticas de Arte Argentino 1920-1932» se lo clasifica como «heredero directo de los impresionistas franceses (...), sus cuadros, acuarelas y apuntes son poemas y cantos a esa luz y ese color».

Al regresar a Buenos Aires en 1902 inaugurasu primera exposición en Witcomb con obras realizadas en Francia. Es importante la comparación con las que después realizaría en nuestro país, en aquéllas, verdes y amarillos subidos, con reminiscencias de Millet, pinceladas más enérgicas. Más adelante todo se volverá más luminoso pero transparente, menos artificioso, más personal. Se convierte en un acérrimo enemigo de la Academia, «esas salas frías, ese encumbramiento de yesos, estatuas eternamente en la misma posición». Se vuelca a la concreción de un paisaje nacional, «tenía la necesidad de admirar un árbol, planta, casa, yuyo, el infinito», y lo hace a través de acuarelas en las que predominan tonalidades verdes y violáceas que exhibe en Witcomb, en 1908.

Martín Malharro ya es definitivamente un artista personal, subjetivo, se expresa con libertad y el carácter de obra «no terminada» es uno de los cuestionamientos de muchos críticos de entonces. Diferenciándose de otros artistas de su generación, no hace concesiones al gusto, postura que sumada a su carácter adusto lo enfrenta con colegas y amigos. En la última década de su vida se dedicó a la docencia en instituciones públicas y en su taller, escribió «La enseñanza del dibujo en la escuela primaria», convencido de los beneficios de una educación por el arte, ejerció la crítica de arte, necesaria como educadora y orientadora en todo lo que se relaciona con las manifestaciones del espíritu.

Sus nocturnos intensos, la delicadeza de la pincelada que apenas parece rozar el papel, los nostálgicos crepúsculos, «el artista va al rescate de esa naturaleza que él siente como integradora del mundo físico y emocional». Esto se evidencia en las obras, todas acuarelas, de 1911 cuando estaba preparando la tercera muestra en Witcomb que no pudo llevarse a cabo debido a su muerte repentina el 17 de agosto.

  • Lydia Galego ha obtenido muy importantes premios nacionales e internacionales en escultura, disciplina que estudió en las Escuelas Nacionales Manuel Belgrano, Prilidiano Pueyrredón, Ernesto de la Cárcova y Casa-Taller de Leo Vinci. Sus imágenes, nunca mejor empleada la palabra de «bulto», remiten a sacos funerarios o abultados vientres en donde se gesta la vida, creando un doble juego que, como señala la artista, «el tema que desarrollo está relacionado con ciertas obsesiones, la vida y la muerte, instaladas en todo ser humano».

    Orgánicas, monumentales en su mayoría, cubiertas por telas induídas surcadas por costuras, a manera de bolsas, contenedoras de formas humanas reminiscentes de piezas precolombinas pero con una visión propia de acuerdo a su ser y sentir, hoy, en pleno siglo XXI. «Atrapado», «Bolso en Ocres», «Embolsado», «El Bolso Rojo», ocultan, protegen, sugieren, apelan al mito ancestral, al ciclo de la vida. Centro Cultural Recoleta.
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