El Museo Hispanoamericano Fernández Blanco (Suipacha 1422) exhibe treinta esculturas, pinturas y dibujos de Stephan Erzia (1876-1959), escultor ruso cuyo verdadero nombre era Stephan Dimitrievich Nefedov, nacido en Saransk (Mordavia), una zona de bosques al sudeste de Moscú. Vivió 23 años en nuestro país adonde llegó en 1927 y fue la Argentina fuente de inspiración para realizar la obra más destacada de una carrera que se inicia en la adolescencia pintando íconos y restaurando vitrales de las iglesias de la región de Kazan en Tartaria.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
De aprendiz a maestro, decoró los escenarios para «Boris Godunov» y fue invitado a estudiar en la Escuela de Artes Stroganof de Moscú. Pero a este humilde mujic se le negó el ingreso y debió emplearse como «retocador» en el estudio del fotógrafo más famoso de ese entonces. Más adelante logró aprobar su examen de ingreso y tuvo como profesor a un extraordinario escultor, descendiente de nobles, Paolo Troubetzkoy. Tuvo, entonces, su taller propio de escultura y un estudio de fotografía que le permitió vivir cómodamente. Adopta un seudónimo para su vida artística en homenaje al grupo étnico al que pertenecía, Erzia, hombres fuertes, de pelo rubio, ojos azules y pómulos salientes.
Aunque gozaba de una holgada posición económica -sus exposiciones eras exitosas-, su inquietud lo llevó a Italia y más tarde a París, ciudad que lo recibe calurosamente ya que su nombre circulaba en el ambiente artístico europeo. Mal administrador de sus bienes le encarga a un coleccionista la comercialización de sus obras. Se trataba del argentino Antonio Santamarina que se convirtió en mecenas del artista.
En 1914 vuelve a Rusia invitado por el gobierno para organizar un museo destinado a sus obras, lo que no pudo concretarse debido al estallido de la Primera Guerra Mundial. Al regresar a París en 1926, acepta la invitación de una prestigiosa galería de Buenos Aires, «Asociación Amigos del Arte» en la calle Florida donde presenta 27 obras realizadas en Europa en mármol, bronce, cemento, yeso y maderas del Cáucaso. Un hecho casual le permite descubrir el quebracho que se usaba para alimentar cocinas y estufas. Lo apasiona su resistencia, sus formas caprichosas, el color y la posibilidad de tallar y pulir dejando, a su vez, las rugosidades de los troncos.
Entre 1928 y 1932 expuso en la célebre Galería Müller pero ya con maderas argentinas. Viajó al Chaco en varias oportunidades y así se vinculó con instituciones y artistas de Resistencia, por ejemplo, El Fogón de los Arrieros y Juan de Dios Mena. En una ocasión comentó que además de la cualidad del quebracho, el algarrobo o el urunday, esos viajes le permitían constatar la riqueza de esta tierra y la dulzura de sus habitantes. Erzia recibió importantes premios nacionales y a pesar del cariño por nuestro país decide volver a Rusia en 1950 llevándose casi 200 esculturas y toneladas de sus maderas favoritas. El gobierno moscovita le otorgó una pensión y un taller donde vivía modestamente dedicado a la enseñanza. Algunos años después de su fallecimiento en 1959, se inauguró el Museo Stephan Erzia en Saranzk, su ciudad natal, con las obras que había donado a su país.
En Erzia se admira la energía vital, los sentimientos de congoja, alegría, serenidad, vigor que trasuntan los rostros, la morbidez de los torsos, las salvajes cabelleras, una tarea ciclópea de un artista que trabajó sin modelos y sin dibujos y que respetó la configuración de la madera, por eso, no consideraba la originalidad como suya («yo sólo se la robo a Dios»).
Esta exposición con obras de colecciones privadas e institucionales argentinas cuenta con el apoyo de un comité de honor presidido por Evgeny Astakhov, Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Rusia en la República Argentina.
Asimismo se ha editado un excelente libro ilustrado con más de 265 reproducciones cuyo autor, Ignacio Gutierrez Zaldívar, realizó una exhaustiva investigación sobre su vida en Rusia, Europa y Argentina. Clausura el 1 de Junio.
Dejá tu comentario