El 29 de mayo a las 19, se inaugurará en el Museo de Bellas Artes una muestra de Miguel Harte (1961) con obras de quince años de trayectoria (1989-2003). «En mi obra no hay seducción», sostuvo alguna vez Harte. Pero también afirmó que con ella quiere promover en el espectador «una suerte de complicidad». Hijo de un gale-rista, vivió en Brasil durante siete años, y allí hizo sus primeras exposiciones. De retorno a la Argentina en 1988, se sumó de inmediato al movimiento artístico de Buenos Aires. A partir de entonces, podemos distinguir tres etapas, aunque la tercera es una variación de la segunda. En la inicial (1988-89), hay un dominio de lo grotesco en pinturas y objetos, quizá porque deseaba eludir el neoexpresionismo en boga.
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Es hacia 1990 cuando se distancia de este tipo de obras (en esencia, de lo pictórico), y pasa a trabajar con materiales no tradicionales, en una vía de despojamiento casi absoluto, guiado por una aproximación neoconceptualista. Los materiales a que acude Harte son la fórmica y, en algún caso, el contact, que puestos sobre aglomerado o compensado, funcionan como soporte y, a la vez, como obra. Porque a menudo adosa elementos a estas superficies o hace en ellas lo que denomina inclusiones. Los objetos que adhiere son cáscaras de huevo; y las incrustaciones son huevos, ojos de vidrio, lámparas de luz (con forma de huevos) y gotas de agua elaboradas con resina poliéster. En ciertas oportunidades, se unen el collage y las inserciones en la misma obra. Baudrillard ha teorizado largamente acerca de la seducción, que él asocia al artificio. La sociedad contemporánea es una sociedad de la seducción, una palanca del consumo masivo. Ahora bien: seducir es cautivar, encantar, hechizar, embelesar; pero su primera acepción resulta menos halagüeña: inducir deliberadamente al error (y al pecado, en asuntos religiosos), sobornar, corromper, engañar. Es obvio que la fórmica y el contact son materiales seductores; los dos tienen la función de imitar (al mármol, a la madera, al granito), y en tal sentido constituyen simulaciones, encaminadas, entre otros objetivos, al deleite visual y táctil. Poseen, también, la capacidad dolosa que, según hemos indicado, atañe a la seducción, aunque el usuario de fórmica y de contact sepa a ciencia cierta de qué se trata.
Pero, si bien Harte utiliza ambos materiales seductores, neutraliza este poder mediante los collages y las incrustaciones, que modifican su carácter; y aun sin tales añadidos, el empleo de la fórmica y el contact fuera de su destino, limita y transforma sus condiciones.
Para Harte, la materialidad es un signo. Y lo sigue siendo en su tercera etapa, inaugurada en 1992. La fórmica y el contact desaparecen. Harte utiliza ahora un esmalte sintético que se emplea para cajas fuertes y motores, con el que pinta sobre aglomerado, creando simulaciones emparentadas a las de la fórmica y el contact, pero desprovistas de su tersura y su homo-geneidad. Sobre estas capas de rugoso trazado y fuerte incidencia visual, Harte realiza inclusiones con resina poliéster, a la manera de burbujas transparentes, a veces iluminadas, y en cuyo interior encierra plantas, gotas, meteoritos, ojos, objetos indefinidos y, especialmente, cabezas humanas (la suya, como autorretrato).
• Cromatismo
Las obras de la tercera fase plantean imágenes de curiosa fascinación, acentuadas por su cromatismo, que se podrían tomar por visiones de algún suelo lunar o de un solitario y desconocido planeta, con áspera y colorida superficie. Harte desarrolla una peculiar alegoría, donde se repelen y entrelazan las nociones contrarias de autosuficiencia e inestabilidad, de progreso tecnológico y deshumanización, de sofisticación y naturalidad, de certeza impuesta y verdad poética, de riqueza falsa y modestia genuina, de solemnidad y espíritu lúdico, de materia y ensoñación. Nociones que el artista refiere al hombre, que tiene, según él, una presencia protagónica, sea en forma literal o metafórica.
En su obra «El jardín filosófico» (1998), sobre una base de aspecto orgánico, erige un árbol en cuya copa despliega racimos con rostros microscópicos, mientras un narciso degradado en insecto, se contempla en las aguas viscosas de un lago. Ambiguas figuras de la zoología o arbóreas, extienden sus ramificaciones y nudos, aludiendo a criaturas fantasmagóricas, híbridas entre lo humano y lo animal: seres protozoicos, larvas, micro-organismos.
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