10 de julio 2003 - 00:00
Exhuman pieza de 1920 sólo para desmerecerla
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Malena Solda y Antonio Grimau
M. Solda, A. Grimau, O. Bonet, J. Rivera López, M. Mininno, S. Bosco y P. Moreno (Teatro Cervantes.)
Con «Los dientes del perro», estrenada en 1918, José González Castillo alcanza el récord de llegar a las 400 representaciones. Con esta pieza, escrita en colaboración con Weisbach, se afirmó el rubro Muiño-Alippi, en épocas de oro del teatro nacional, en las cuales los autores llegaban a hacer huelgas que terminaban en tumultos callejeros y agresiones a las salas que no adherían al cierre. Epocas en las cuales el debate apasionado, desbordando la sala ganaba la calle.
González Castillo fue uno de esos luchadores apasionados, generador de debates encendidos, que se arriesgaba a afrontar temas polémicos, como lo hizo en «Los invertidos», en «La mujer de Ulises», donde trató el tema del divorcio, o en «La zarza ardiendo», estrenada en 1922, donde rozaba el tema del incesto. Si se lo despoja de pasión y de sinceridad, su discurso puede parecer anacrónico, y sus personajes acartonados y esquemáticos. Esto es lo que sucede en la puesta de «La zarza ardiendo» de Raúl Brambilla, que de acuerdo al programa de mano les niega vesomilitud psicológica a los personajes (un hombre que, tras el suicidio de su mujer, mantiene una relación con su hijastra), adhiriendo al juicio de Alberto Wainer y enjuiciando al melodrama.


