14 de junio 2001 - 00:00

Falla Hollywood en su nueva visita al famoso bombardeo

Ben Affleck.
Ben Affleck.
"Tengo la impresión de que sólo logramos despertar a un gigante dormido." En esta «Pearl Harbor», la frase del almirante Yamamoto podría aplicarse a los 40 minutos de escenas de acción que logran sacar de su modorra a los espectadores que ya asistieron a más de una hora de proyección de este fracaso artístico.

Si se busca una buena película sobre el tristemente célebre ataque japonés, hay que volver a ver «¡Tora Tora Tora!». Si se busca un buen drama romántico que involucre este ataque, hay que volver a «De aquí a la eternidad». Si se busca, inclusive, una megaproducción con tono de come-dia y Dan Aykroyd en un papel secundario, ya está «1941» de Steven Spielberg.

La nueva «Pearl Harbor», la película de 152 millones de dólares, empieza en realidad una hora y veinte después de los títulos. Recién entonces se ve una de las batallas más costosas (aunque mediocremente montadas) de todos los tiempos. La primera parte del film, con su historia romántica pueril, hasta llega a sugerir que la única manera de tener sexo es enrolándose en una guerra.

El director Michael Bay y el productor Jerry Bruckheimer hicieron dos buenos films de acción, humor y acción apocalíptica como «La Roca» y «Armageddon». Resulta inexplicable que con un presupuesto mayor y un tema más interesante y serio, puedan haber hecho esta película. Ni siquiera la no muy defendible «Waterworld» llega a abismos tan profundos como los que se ven en las tres larguísimas horas de malas actuaciones, diálogos serios que dan risa, estereotipos racistas de cada persona-je japonés, y mensajes belicistas (más aún que los de los films de propaganda realizados durante la primera mitad de la década del '40).

Con el paso del tiempo, el tono bélico de «Alejandro Nevsky», realizada por Eisenstein a la medida exacta de lo que necesitaba Stalin, ha perdido peso dejando solamente su valor artístico. Pero los exabruptos de «Pearl Harbor» sólo son moderados por lo chapucero de su puesta en escena y las tonterías que dicen los personajes. Si bien Ben Affleck hasta el momento no ha brindado una actuación como para que lo comparen con John Gielgud, nunca se lo vio en un nivel tan bajo.

Lo estático de la puesta en escena logra que hasta los combates aéreos parezcan más baratos que los de las producciones de la RKO de 1944. Igual que los films B de aquellos tiempos, «Pearl Harbor» corta permanentemente de prime-ros planos de los pilotos en las cabinas de su avión, a planos generales de cine tan digital, que al final no parece cine, sino un videogame donde sólo juega Michael Bay, con un joystick de 152 millones en sus manos.

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