La pieza es
una fábula
moral en la
que su autor
advierte
sobre los
peligros de
construir una
familia en
base al
fingimiento y
la mentira, y
su impacto
sería aún
mayor con
algunos
ajustes de
puesta.
«Una tragedia argentina» de D. Dalmaroni. Dir.: A. Casavalle. Int.: J. Sabaté, L. Moreno, P. Carrasco, G. Courtade y C. Refusta. Esc.: V.De Pilla. Vest.: A.Gumá. Dis.visual: E.Nazarian. (Teatro El Piccolino.)
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En las obras de Daniel Dalmaroni (La Plata, 1961), el universo familiar funciona como un campo minado donde todo el mundo simula llevar una vida normal hasta que de repente algo se desacomoda, ya sea por presiones externas (la terrible crisis económica que hace que los protagonistas de «Burkina Faso» planeen matar a sus hijos) o porque de repente alguien decide sincerarse a boca de jarro sin atender a las consecuencias. Tal el caso de «New York» y de «Una tragedia argentina», el nuevo título que acaba de estrenarse en El Piccolino.
A través de esta fábula moral (aunque a primera-vista parezca todo lo contrario), el autor advierte sobre los peligros de construir una familia en base al fingimiento y la mentira. Cabe aclarar, sin embargo, que el teatro de Dalmaroni no es aleccionador ni pretende serlo, basta con atender al humor negro de grueso calibre que domina toda su dramaturgia y a su gusto por lo siniestro y el crimen de historieta.
«Una tragedia argentina» se inicia con un gesto banal, casi sin importancia: la mirada furtiva de un hombre en los pechos de su cuñada. Pero cuando éste admite el hecho ante su hermano, gran predicador del sinceramiento familiar, desata su furia. La discusión va tomando cuerpo, comienzan las acusaciones una tras otra y a cada secreto revelado corresponde una agresión física. Los hechos que emergen son dignos de un culebrón (incesto, adicción a las drogas, homosexualidad, paternidades cambiadas, muertos que gozan de buena salud, etc.) y ante esta andanada de revelaciones molestas los personajes reaccionan de la manera más primitiva y brutal: a puntazos de cuchillo. Con muy buen criterio, el director Alejandro Casavalle («Punto genital», «Reducción») expuso estos hechos de sangre con un distanciamiento casi festivo, como de grand guignol. Hay que reconocer que por más esperpéntica que resulte esta familia es una caricatura perfecta de la sociedad argentina. En lo que respecta al carácter general de su puesta, Casavalle no pudo despegarla de cierto tono costumbrista, más propio de la comedia de living. Se suman, además, algunos estallidos de histeria colectiva que no condicen con el delirio y el extrañamiento que propone el texto.
La pieza recobraría su proyección metafórica ajustando algunas actuaciones (si bien el desempeño de Pablo Carrasco es muy destacable) y valorizando aún más el trabajo físico de los actores y sus movimientos en el espacio.
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