Fecunda fantasía en dibujo seductor

Espectáculos

«El increíble castillo vagabundo» («Hauru no ogaku shiro/ Howl's Moving Castle», Japón, 2005, habl. en jap. y dobl. al esp.). Guión y Dir.: H. Miyazaki. Animación.

Este nuevo, delicado, elaboradísimo, fascinante, encantador, y un tanto agobiante dibujo del maestro Hayao Miyazaki («Porco Rosso», «La princesa Mononoke», etc.) es todavía más complejo y más preciosista que «El viaje de Chihiro», que fue su trabajo anterior, ganador del Oscar, premio al que ahora también es candidato este film.

Ciertamente Miyazaki se supera en cada obra. Y cada obra suya va sumando elementos de las otras, y de la narrativa universal. Acá pueden encontrarse elementos de algunos clásicos infantiles de otros tiempos. Hasta el tipo de dibujo y de coloreado que emplea tiene mucho que ver con las detallistas ilustraciones de cuentos infantiles editados hace por lo menos 50 años.

Y pueden reencontrarse también nubes, ambientes, transportes, prodigiosas intrigas donde no todo es lo que parece, malas que se vuelven buenas, personajes graciosos, y heroínas similares a las de sus películas anteriores. Pero nunca como copias o repeticiones, sino como variaciones cada vez más ricas y enrevesadas, a la manera de un pianista que juega con los fraseos de una melodía, dejándose llevar por la inspiración, mientras el público se deja llevar por su magia (a propósito, la música de Hisaishi y Kimura es un placer adjunto hasta el último acorde).

También es cierto que el público puede fatigarse un poco antes que el artista.
«El increíble castillo...» sería más atrapante con unos minutos menos. ¿Pero qué parte sacarle? Todas son bellísimas, singulares, memorables. Y a fin de cuentas, más fatigada debería estar la protagonista de la historia, una muchachita trabajadora que, víctima del hechizo de una bruja celosa, se vuelve una viejita encorvada. Eso sí, no por viejita va a dejar de ser trabajadora.

Las heroínas de
Miyazaki saben afrontar los vientos, los demonios, los hombres enloquecidos de muerte y codicia, las angustias de un bello hechicero, y la mugre de la cocina. Esto último, no cualquiera lo hace: «Soy una bruja de las peores: de las que limpian», bromea para espanto de un chico y ejemplo de los mayores. Es una película japonesa, claro. En una de Disney la ayudarían los pajaritos y la varita mágica.

La historia se ambienta en un país centroeuropeo de la Belle Epoque con muchos aviones primitivos y antigua magia, y cuyos habitantes se preparan muy entusiastas para la guerra. Como si fuera un grabado de
Gustave Doré en rojo y negro, el bello hechicero contempla un ataque aéreo. «Hueles a acero y carne quemada», le dice luego el demonio del fuego. A ella, entretanto, la veremos con edades fluctuantes, según su estado de ánimo y sus propios aprendizajes. Terminará recuperando la juventud. Conservará el cabello blanco.

Detalle curioso: la base argumental de esta historia es una novela para adolescentes de una discípula de
Lewis y de Tolkien, Diana Wynne Jones, (lamentablemente muy difícil de conseguir en español), pero es sólo la base; después el maestro se dispara hacia su propio mundo. Lo mismo pasó cuando, tras leer un capítulo poco transitado de «Los viajes de Gulliver», hizo esa joyita del cine de aventuras llamada «Laputa. Castillo en el aire», que en su momento, debido al título, ningún distribuidor quiso estrenar entre nosotros.

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