10 de febrero 2026 - 18:48

Fernando Fagniani: "No tengo ningún problema con la literatura del yo, pero no me interesa"

Ventana magnética, su último libro, fue editado por Edhasa, grupo editorial del que además es gerente. Se refirió también a la situación de la industria del libro: "El año pasado el mercado cayó, y no creo que este año sea muy distinto".

Fernando Fagniani dialogó con Ámbito sobre su última novela.

Fernando Fagniani dialogó con Ámbito sobre su última novela.

Un escritor al que le diagnosticaron cáncer revela todo lo que atraviesa su mente, sus íntimas vivencias, y no lo que ocurre con su cuerpo, y así lo registra Fernando Fagniani, de forma íntima, sensible, envolvente en el libro “Ventana magnética” (Edhasa). Fagnani es escritor, editor y crítico literario. Fue editor en grandes grupos editoriales como Norma y Random House, y hoy es Gerente general de Edhasa. Ha publicado “Mar del Plata la ciudad más querida” y el policial “Residencia permanente”. Dialogamos sobre su nueva obra.

Periodista: ¿En “Ventana magnética” buscó contar las vivencias y reflexiones de un intelectual que padece cáncer?

Fernando Fagnani: Cuando me diagnosticaron y empecé el tratamiento, estaba decidido a no escribir sobre el tema. Me costaba imaginarme escribiendo sobre eso sin estar en el centro del relato con un yo permanente, y lo descarté. Pero fueron pasando cosas y tiempo, y aunque parezca un chiste, fue el encuentro con la calle Lezica lo que impulsó a escribir. Vi esa calle y ese hotel allí, y me dije: bueno, esto se puede escribir. Y empecé sin saber bien hacia dónde iba a ir. Solo había tres cosas de las que no iba a hablar: cáncer, tumor y mi padre, y al final esas cosas están. Las vivencias narran una experiencia donde lo más importante no es lo que le pasa a mi cuerpo. Lo que le pasaba era para mí inmanejable. En esas circunstancias uno pone el cuerpo, y ojalá todo funcioné. Hacés lo que te dicen que tenés que hacer, la dieta, tomar los medicamentos, y a mí me interesaba más lo que me iba pasando mentalmente.

P.: ¿Detallar, escenográficamente, lo que lo rodea es lo que le permite no caer en la autobiográfica literatura del yo?

F.F.: Quería escapar de eso. No tengo ningún problema con la literatura del yo, pero no me interesa. Si lo que contaba estaba basado en el yo eso no servía. Servía si yo aparecía en medio de una escena que me trascendía, sobre todo porque en cualquier enfermedad, en esta y en cualquier otra, lo que te sucede te trasciende, no es solo que te pasa a vos, hay un entorno, empezás a ver cosas que antes no veías. La enfermedad te cambia la mirada. Y ahí lo importante no es lo que le pasa a tu mirada sino lo que empezas a ver, a descubrir, a pensar. Por eso no quería centrarme en mí, que en un punto me parecía obsceno. Con lo que te ocurre en la cabeza podes hacer cosas. La podes pasar mal, la podes pasar mejor, podes tratar de dominar los pensamientos negativos que son permanentes. Quería retratar eso, y lo que había afuera, no adentro.

P.: ¿Por qué le puso “Ventana magnética”?

F.F.: Inicialmente se llamaba Hotel Lezica, y empecé a escribir desde ese título. Un día, hablando con Luis Gusman, me dijo "Tenés que ponerle ventana magnética porque es un libro del que siempre te querés escapar". Lo pensé hasta que me dije está bien. Hotel Lezica tenía sentido para mí porque fue el disparador del libro, pero en la medida de lo que el libro terminó siendo ya no tiene mucha importancia. Ese viejo hotel de pasajeros que hay en la calle Lezica, fue una iluminación, una epifanía, que me llevó a los hoteles de mis viajes, los de mi padre, los de mi abuelo.

P.: ¿Por qué la obra tiene dos partes?

F.F.: La primera es más la ciudad, la segunda es más personal, familiar, aparecen mi padre, mi abuelo, mi mujer, mi hija. Cambia el tono, se vuelve más íntimo, más emocional.

P.: La primera parte termina de forma inesperada con la contundencia de lo político, la realidad, lo inmediato. lo actual, con el poema “El odio”, con gente que en medio de la noche revuelve la basura, y el proyecto de una novela sobre una mujer que como el país de pronto ha perdido su memoria, su identidad…

F.F.: Cualquier enfermedad es un proceso muy subjetivo, y a mí lo que me servía era salir de mí, ir a la ciudad, mirar y pensar la realidad. Desde que me dieron el diagnóstico me dije: lo que no me puede pasar es que me convierta en un paciente. Caer en esa cosa maníaca que toda tu vida se convierte en la de un paciente. Lo que cuento del container es verdad. Dormía poco y veía gente meterse en un container, salir llevándose cosas, durmiendo enfrente de mi casa. El paisaje de la miseria y el hambre. Hay una vida afuera de la que hay que dar cuenta, la enfermedad no te puede llevar a darle la espalda al mundo que te rodea.

P.: ¿Por qué cita poetas?

F.F.: Tenía un problema con las novelas, no las podía leer. Luego de que terminé “Los emigrados” de (W.G.) Sebald ya no pude leer novelas. Con Sebald salís de vos, te hace emigrar. Luego empezaba a leer y no podía seguir, me ponía ansioso. Aparecía un personaje y a la quinta descripción ya quería que lo mataran y que apareciera otro. No tenía capacidad de seguir el hilo de la vida, o de lo que sea, eso que hay en cualquier narración. Con la poesía, por su concentración y densidad, me sentía muy cómodo. Pasaba de un poeta a otro.

P.: Del político (Paul) Celan al rabioso humor de (Wislawa) Szymborska…

F.F.: Celan no sé si se lo puede llamar político, más allá de “Fuga de muerte” sobre la shoa, pero tiene una contundencia existencial como no sé si hay dos en el siglo. Los poetas que cito son poetas del dolor.

P.: ¿Ahora que está escribiendo?

F.F.: Al tema de este libro no me imagino volver. Estoy corrigiendo una novela que abandoné para dedicarme a “Ventana magnética”, que escribí en tres meses, entre enero y abril del año pasado. Ahora estoy en una distopia en Argentina con un narrador adolescente que sale en busca de su madre tras algo muy traumático que ocurre en el planeta. Es una especie de road movie atravesando la Argentina. Quería escribir sobre adolescentes. Los protagonistas son un chico y una chica de 15 y 14 años que se embarcan en un viaje inesperado.

La actualidad del mercado editorial

P.: ¿Cómo es la situación del libro en la Argentina?

F.F.: El año pasado el mercado cayó, y no creo que este año sea muy distinto. Este no es un Gobierno que apueste al consumo cultural, apuesta a otras cosas, a la inversión, a la importación y al crédito, en todo caso. Y si no apostas al consumo interno y al desarrollo es difícil que un sector como el del libro crezca. Puede crecer lo extractivo, el litio, el gas, el petróleo, acaso la construcción -que no sé por qué se construye tanto- pero en los otros sectores se siente que la plata no alcanza. Cuando la gente comienza a comprar con tarjeta de crédito en el supermercado se ha llegado a un punto muy complicado. Si lo que se proyecta sale bien la segunda parte del año sería mejor que la primera, pero tampoco mucho mejor.

P.: ¿Eso afecta a las editoriales?

F.F.: Afecta en la medida en que las tiradas son más chicas para reducir costos. Los editores se ponen más exigentes, se cuidan mucho, publican menos. Las tiradas son de 300, 500, 1000 ejemplares. A esto ayuda un cambio tecnológico de la industria gráfica. Hoy podes imprimir en imprentas digitales con una calidad muy parecida a la del Offset, y a veces mejor que el Offset, a costos muy razonables. Eso hace fácil hacer tiradas limitadas y reimprimir las veces que sea necesario. Hoy ya no tiene sentido tener altos stocks.

P.: ¿Qué pasa con los lectores?

F.F.: Como en todos los momentos de crisis la gente va a lo seguro, es más difícil vender novedades. De los libros consolidados el lector tiene referencias, antecedentes, notas, recomendaciones, menos riesgo. Como se tiene menos plata para libros no anda apostando a algo que no sabe bien qué es, salvo que los diarios digan que es una obra maestra o un escritor que hay que seguir, se va a lo seguro, a Pérez-Reverte o Mariana Enriquez, un escritor que ya tiene su público, para el resto hoy es muy difícil porque se ha reducido mucho la ambición de riesgo.

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