Jonathan Franzen «Cómo estar solo» (Bs.As., Seix Barral, 2004, 318 págs.)
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Estar sólo es una condición ineludible para todo escritor, pero ese mínimo requerimiento de intimidad y aislamiento resulta cada vez menos factible en el mundo de hoy, donde la globalización mediática amenaza con arrasar toda noción de privacidad masificando y banalizando los valores propios y ajenos. Esta es una de las grandes preocupaciones del novelista Jonathan Franzen, junto a la creciente influencia de los medios de comunicación (televisión, radio, periodismo fotográfico) que hace que cada año el número de lectores descienda en forma alarmante.
El autor de «Las correcciones» -su novela más exitosa a nivel mundial- dice haber pasado de «un aislamiento furioso y asustado» a «una aceptación -una celebración, incluso- del hecho de ser lector y escritor». Todo empezó con un artículo publicado en 1996, en la revista Harper's, que versaba sobre el declive de la novela y también sobre su necesidad de abandonar cierta responsabilidad social como novelista «para aprender a escribir ficción por el puro placer de hacerlo». La nota tuvo una repercusión extraordinaria en todos los medios y cinco años más tarde el autor decidió reescribirla y sumarle otros doce artículos que combinan el retrato autobiográfico, la crónica sociológica y el relato no ficcional. Buena parte de este material compete casi exclusivamente a la sociedad norteamericana y salvo que se trate de un lector que haya viajado a los Estados Unidos las observaciones de Franzen pueden resultar excesivamente localistas. Como, por ejemplo, su minuciosa descripción del desastroso servicio postal que tiene la ciudad de Chicago. A nivel literario no resulta muy interesante, pero quizás sirva para valorar un poco más al correo argentino. En «El cerebro de mi padre» e «Importaciones Erika» los recuerdos de familia impregnan la actualidad del escritor de una suave nostalgia. Al igual que «Nos vemos en St. Louis», un valioso relato que se inicia en una grabación en exteriores para el programa de Oprah Winfrey que culmina con un desolador viaje al pasado. Franzen se ocupa de los temas más diversos: critica al cigarrillo, pero se rinde ante sus encantos; repudia abiertamente el tratamiento mediático de «El caso Lewinsky» y sigue de cerca una pequeña y pintoresca movilización de marxistas anti-Bush. En todos los casos se muestra como un testigo muy crítico de las costumbres y la política de su país: «los norteamericanos hoy hacen menos preguntas sobre su gobierno que las que hacían en 1991 y los principales medios de comunicación son incluso más monolíticamente patrioteros», advierte en el prólogo, pero sin exagerar su diatriba y tomándose un respiro para cantarle loas a la ciudad de sus sueños: Nueva York. Patricia Espinosa
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