10 de agosto 2004 - 00:00

"Fui futbolista y no me fue bien. En cine me va mejor"

Leonardo Di Cesare: «Hay algunas películas que requieren haber tenido calle. ‘Buena Vida Delivery’ es una de ellas».
Leonardo Di Cesare: «Hay algunas películas que requieren haber tenido calle. ‘Buena Vida Delivery’ es una de ellas».
La comedia social «Buena Vida Delivery», sobre un infeliz al que la familia de la novia le invade la casa para instalar una churrería clandestina, se ha ganado simultáneamente dos premios internacionales y por lo menos otras tantas diatribas de cierta crítica local, que acusó al director de «reaccionario de derecha», lo que confirma que hay muchos reaccionarios de izquierda. Dialogamos con Di Cesare.

Periodista
: Su obra ha despertado reacciones diversas ¿Podemos empezar por las malas, que son unas pocas?

Leonardo Di Cesare: Nunca hay consenso, es lógico. En Mar del Plata alguien dijo que mi película tenía «el olor a pescado podrido que a veces viene del puerto», lo que además habla mal de la gente del puerto. Un sector me acusó de «reaccionario de derecha». La gracia es que al mismo tiempo recibía elogios de la prensa cubana, la izquierda francesa, y la revista «Variety», de Hollywood.


P.:
Será que no les molesta su visión de las cosas.

L. D. C.: Me basé bastante en experiencias propias. En algún momento también fui repartidor, tuve clientes en La Horqueta y La Cava, conocí todo tipo de gente, la chica que siempre termina haciendo lo contrario de lo que quisiera, porque tiene un mandato familiar incorporado, los que se aprovechan... Pero esto tengo que aclararlo. Yo no rescato al tipo clase media invadido. No es que los otros lo invaden y se aprovechan. Ellos instalan un negocio y se levantan a las cuatro de la mañana a trabajar...


P.:
Digamos que lo instalan mal.

L. D. C.: Por eso, aparte que cuando uno se engancha con una piba, en realidad se engancha con toda la familia (esto pasa en todos los niveles), yo recorté una etapa, de un territorio suburbano, donde se confunden los valores, donde cada uno tiene su parte de razón en la lucha por la vida, pero no sabe explicarse. No hay una luminaria, un tipo que tenga todo claro. La propia vida es políticamente incorrecta. Los pseudointelectuales no lo entienden, pero cuando di la película en el Cine Club Núcleo se me acercaron médicos, asistentes sociales, gente que tiene calle, a decirme «esto pasa».


P.:
Sospechamos que usted también tiene calle.

L. D. C.: Jugaba en la novenade Platense, quería ser futbolista. No era de madera, pero tampoco muy habilidoso, así que no quedé. Entonces quise dedicarme al cine. ¿Y dónde iba a ir? A Hollywood. Estuve de extra en «Going Places», éramos como veinte esperando las valijas en un aeropuerto, pero tampoco fue fácil: no sabía inglés, había entrado ilegalmente, vivía medio lejos, en lo de un amigo. Fui a Roma, tengo ciudadanía italiana, y entré de asistente de cámara en un programa viajero de la RAI, tipo «El país que no miramos». Conocí muchos lugares, pero nunca me pagaban lo acordado.Al final entré de tornero en Alemania, y ahí tuve suerte. Volví con tres cámaras y dos videograbadoras en las valijas. Con ese capital de trabajo hice casamientos, lo que venga. De pronto pasó lo de la doctora Giubileo. Me metí una semana en Colonia Montes de Oca, grabé muchísimo material, y pude colocarlo en América. Hicieron 9.20 de rating. Ahí me empezaron a llamar de camarógrafo, de un canal a otro. Hice deportes, ficción, entretenimientos, Guinzburg, Portal, Repetto y Montalbano en «Sábado bus»...


P.:
¿No tuvo educación formal?

L. D. C.: Digamos, como maestros,Augusto Fernándes, el más grande para trabajar con los actores, con una visión aguda de la realidad, y José Martínez Suárez, un tipo muy motivador, gran generador, que empuja a probar, a aprender en la práctica. Además fui de oyente a las cátedras de Irene Ickowicz, Pablo Rovito, Julio Raffo, y otros en la UBA, pero ahí había como 120 y sólo 20 mostrábamos interés en las clases. Los demás se creían que todavía estaban en la secundaria. ¡Era vergonzoso!


P.:
Después viene la historia más reciente: el concurso del INCAA, la plata en el corralito, la crianza y exportación de caracoles, la lucha por terminar la película, y el premio mayor de Mar del Plata.

L. D. C.: Justo mi festival preferido, al que voy siempre. ¡Un año antes estaba pidiendo entradas de favor, y este año fui invitado oficial, y encima gané! Ahí mismo me invitaron al de Puchong, en Corea, a competir con obras mágicas, hermosas, como la japonesa «El gusto del té», que ganó el premio especial del jurado. Cuando anunciaron que gané el de mejor director, me sorprendió, porque los demás parecían John Woo, en cambio yo creo que mi película tiene buen guión, buenas actuaciones, pero dirección... Quedé perplejo, porque además lo anunciaron en inglés con acento coreano, por unas pantallas gigantes, y sacándote fotos todo el tiempo.


P.:
Siguió con Karlovy-Vary.

L. D. C.: El mejor lugar, una ciudad con reminiscencias del imperio austrohúngaro, cruzada por un arroyo de aguas termales, en medio de un bosque rodeado de montañas, un hotelazo de la época socialista donde van todos los millonarios rusos y alemanes, y las chicas más lindas que haya visto, todas con la mejor onda. Ya me había dicho Sabina Sigler, mi productora, que ese no me lo podía perder. Luego París, los Reencontres Internationales de l'Image, donde eligen las que consideran las 20 mejores del año. La mía fue como cierre, según me explicaron «porque no es dramón ni experimental, de modo que puede funcionar con el público», y el público eran Costa Gavras, Ken Loach, Walter Salles... Después vinieron Jerusalén y Nueva Zelanda, y ahora vamos a Lima, Edimburgo, Copenhague, Valladolid, Manheim, y los estrenos en Israel y en España, donde lo lanza la misma distribuidora de «Nueve reinas» y «El hijo de la novia». También fui a Rotterdam, donde se me acercaron unas chicas danesas que están investigando sobre el mate, les encanta el sentido de bebida compartida que tiene, y como «Buena Vida...» tiene varias escenas de gente mateando (aunque no siempre para compartir, sino para calentarse el estomago)...


P.:
Una duda. En los créditos finales se mencionan « piquetero 1» y «piquetero 2». ¿Son los villeros que contrata el protagonista para sacarse a los suegros de encima?

L. D. C.: Muchos me preguntan lo mismo. Lo que pasa es que hoy ya nadie puede pensar algo bueno de los piqueteros, han cansado a todos, pero originalmente esos personajes eran dos que el viejo iba a ver a un corte de ruta para ofrecerles trabajo. Después debimos cortar la escena, y sólo se los ve en una reunión posterior, oyendo un discurso de venta. En una de esas entraban a trabajar. Bueno, cada uno interpreta las cosas a su modo, lo mismo respecto a la chica. Hay un plano algo a oscuras, donde no se sabe si se está riendo del novio que cayó en la trampa, o está llorando. Eso depende cómo se la mire.


Entrevista de Paraná Sendrós

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