23 de abril 2002 - 00:00

Gandini abrió con brillo año de Filarmónica

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, director: Gerado Gandini. Obras de Gustav Mahler, W. Amadeus Mozart y César Franck. Solistas: Víctor Torres (barítono); Oscar Vetre y Lilia Noguera (piano).(19/4, Abono Nocturno, Teatro Colón).

Con esta velada se inició el ciclo de abono anual de la Filarmónica porteña, y por cierto que con resultados satisfactorios por parte del gran conjunto. Dirigidos por ese músico completo que es Gerardo Gandini, que está sorprendiendo desde el verano a ese sector de melómanos que lo suponían atado a la música contemporánea, al jazz e inclusive el tango, ya que formó parte de uno de los conjuntos de Astor Piazzolla.

Con carácter y temperamento firme, dirigió una sólida versión de la Sinfonía en Re Menor de César Franck, logrando un buen equilibrio sonoro, afinación en los bronces, tersura en las cuerdas; pero por encima de estos detalles, la obra se recibió contundente y sólidamente preparada. Especialmente atractivo fue el discurso de Maximiano Storani en el corno inglés: pensar que en vida de Franck este fragmento fue duramente criticado.

El barítono Víctor Torres sigue en ascendente carrera, consolidada con estudio y talento, elementos esenciales para administrar su espléndida voz. Ascendente porque lo empezamos a escuchar con atención cuando era un miembro del Estudio Coral de López Puccio y lo seguimos hasta el inolvidable «Orfeo» de Monteverdi, tan aplaudido la última temporada (como valor agregado, fue llevado al CD); nos enteramos de protagónicos en Europa, y ahora sorprende con un exigente a la vez que emotivo desafío mahleriano: los «Kindertotenlieder» («Canciones para los niños muertos»).

En la voz de Torres, estos melancólicos Lieder adquieren una dimensión épica sin descuidar sus aristas más íntimas y humanas, bien cerca de los pocos ejemplos conocidos entre los grandes de su cuerda de barítono.

Los filarmónicos y Gandini mostraron su ductilidad con un Mozart estilísticamente impecable; por eso mismo fue penosa la mediocre labor de los pianistas Oscar Vetre y Lilia Noguera, quienes no acertaron en lograr la unidad, la administración del «touché», ya que las cuatro manos eran muy pesadas para la delicadeza morzatiana, y lo peor e inaceptable fue el derroche de notas falsas con las que castigaron los oídos «da capo al fine».

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