Gorriarena, heredero del arte político iniciado por Berni

Espectáculos

(28-11-00) "Hace mucho tiempo que en el mundo la extensión ha suplantado a la profundidad. Este desmedido auge de la 'teatralidad' está diciendo que en nosotros cohabita una imperiosa necesidad de éxito y promoción. Es como si una fuerza irresistible nos empujara cada vez más fuera de lo que ha sido realmente lo nuestro y nos compulsara a llenar un espantoso vacío", ha señalado Carlos Gorriarena, uno de los artistas incluidos en la participación argentina de la I Bienal Internacional de Arte, que se inaugurará el próximo 6 de diciembre en el Museo Nacional de Bellas Artes.

«A los 17 años ingresé a la Escuela de Bellas Artes y tuve la suerte de tener dos grandes maestros: Lucio Fontana, que luego partiría para Italia, en escultura, y Antonio Berni en dibujo. A los pocos años abandoné la escuela y proseguí mis estudios con el pintor Demetrio Urruchúa, un ejemplo de vida, el 'anarquista' enrolado en un importante grupo de pintores sociales», recuerda el artista en su «Autorretrato».

Gorriarena
(1925) es un destacado exponente de lo que hemos denominado arte político, como una forma de cuestionamiento ético de la realidad social, que constituye por sí sola un fenónemo político, cuyo iniciador en la Argentina fue Antonio Berni, en la década del '30.

En la obra de Gorriarena pueden distinguirse cinco etapas. Entre 1959 y 1963 hace una pintura de tipo naturalista. En una segunda fase (1964-66), bajo el impacto que en él ha producido la neofiguración, desquicia en sus telas las apariencias humanas para alegar la situación social. En la tercera época (1967-70), el caos empieza a ordenarse y las apariencias a recomponerse, en sus series de «Las banderas» y de «Las bocas» y «Las comidas». El cuarto ciclo es el del arte político en pleno y se extiende entre 1971 y 1982. Presenta entonces sus series «A rostro descubierto», retratos basados en fotos periodísticas y homenaje a los reporteros gráficos de «Time», en el que llevaba el análisis de lo que denominaba «la incoherencia del mundo» a ciertas grandes figuras internacionales. En sus telas y dibujos de 1979-82, Gorria-rena dio cuenta de la lúgubre Argentina de esos tiempos, con imágenes desgarradoras, lacerantes, indignadas. Después, hacia 1983, pasa a la sátira social.

Gorriarena
acude a menudo a la ironía y el sarcasmo para abordar los poderes oficiosos: el de los hábitos regimentados, el de las ceremonias, el de las modas sociales, el de los medios electrónicos, el del turismo, el de las dietas alimentarias, el de las leyendas históricas. Son alegorías de un universo trivial, consumista, insensible, cuya existencia hace evidente con bruscos e inesperados toques de alerta sobre la creciente cosificación humana. No sólo porque la galería de sus persona-jes integra un mundo en el cual la única manera de existir es como apariciones (término medio entre el ser y el no ser), sino también porque la crueldad de sus observaciones descarna la existencia, sus arquetipos son retratos sin piedad, y sin censura explícita, un descenso programado a los infiernos personales, a un espacio donde nada es imprevisible, pero sí inevitable.

Cultor de una imagen que surge de esta sociedad desenfadadamente violenta, sus figuras emergen como de las tinieblas (muchas de ellas de iridiscente luminosidad) y aparecen tensionadas por una voluntad reiterada, torturada, tal como las obras de sus colegas alemanes y escandinavos de los años treinta.
Gorriarena tiene un innato sentido del corpus pictórico. Por eso la virtud de lo que dice está exaltada por cómo lo dice. No le in-teresa la opticalidad (término con el cual Clement Greenberg define al ilusionismo pictórico dirigido solamente a la visión), le importa la relación entre el soporte y la materia; diríamos más, le in-teresa su fusión pero manteniendo lo que cada uno aporta. Por eso la lectura de sus obras no puede prescindir del bastidor, ni de la textura, ni de la pincelada, ni de la imagen.

Gorriarena
busca su expresión por medio de una exacerbación de la línea, del color, pero lo hace también con la materia, porque ésta es la que cumple el rol que lo representa. De esto resulta el fuerte carácter barroco de sus obras y su carga estilística devuelve vitalidad al instinto, como ya lo hicieran los expresionistas o los fauves. Si estamos de acuerdo en que el expresionismo es algo más que una tendencia artística, que es una actitud que se ha manifestado en la historia del arte, no podemos dejar fuera del análisis el papel que juegan las emociones y el componente romántico de esta tendencia. Sus telas tienen una gran carga emotiva, una pasión que implica también un evidente patetismo. Todo parece referirse a un argumento común, como si se tratara de escenas cuya relación requiere de la argucia del espectador-lector. El artista canaliza un fluir de imágenes dominadas por su sentido del espacio y por su voluntad de forma, a la que define no por contornos sino por volúmenes construidos como piezas de un rompecabezas de emociones. Si bien utiliza un lenguaje universal, sus personajes son locales, típicos.

Por encima de sus figuraciones, de manera subyacente, en la superficie de sus pinturas hay un código abstracto de texturas, signos y movimiento, que potencian sus temas porteños en términos de metáforas y simbolismos universales. Son una invitación a reflexionar sobre las cuestiones de la imagen de masas y la imagen estética, con sus vinculaciones con la leyenda, la política y los sueños. Reflexión que, sea cual fuere la perspectiva, llevará a reconocer que este comprometido descenso a los infiernos es un viaje de alta calidad poética.

Si, como se ha dicho, todo artista verdadero es hijo de su tiempo,
Carlos Gorriarena lo ha sido en plenitud. En los largos años que han mediado desde su primera exposición, en 1959, dio testimonio en su obra de una Argentina azotada por las convulsiones institucionales y las turbulencias sociales. Todas estas vicisitudes hallaron sitio en las telas y dibujos de Gorriarena. También lo halló el eco de un mundo donde el armamentismo y la relación de poder crecían simétricamente con el aumento de la pobreza y la marginalidad. Ese mundo devorador y devorado, en nuestro fin de siglo sin utopías ni ideales, ha encontrado expresión cáustica y mordaz en los trabajos del artista.

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