20 de agosto 2002 - 00:00
"Hago como Cagney: miro a los ojos y digo la verdad"
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Gastón Pauls
Periodista: Usted empezó con otra que parece de costo superior al real, «Territorio comanche», sobre los corresponsales de guerra en la ex-Yugoslavia.
G.P.: Hecha por Gonzalo Herrero, uno de los mejores productores europeos. Antes de leer el libro ya dije que sí. Además los viajes me permiten mezclar la experiencia de vida con la experiencia laboral. Así conocí en caliente Bosnia y Croacia, luego Madrid con «Nueces para el amor», el Amazonas peruano con «El lugar donde estuvo el paraíso», luego Bulgaria, donde todavía se respira la mentalidad comunista, con una norteamericana de ciencia-ficción, «Antibody», enseguida trabajé en Los Angeles en «747», una de acción, donde entro a robar un avión en vuelo, y en setiembre empiezo una española, «Sahara», que haremos en pleno desierto marroquí.
P.: ¿Cómo será eso?
P.: Qué curioso, ¿usted no es de origen judío?
G.P.: Mi abuela era judía, por eso mis abuelos se refugiaron acá, con mi padre.
P.: Con tantas andanzas, filmar «Corazón de fuego» en Uruguay habrá sido como estar en su casa.
G.P.: Ni hablar. Yo estaba en Bulgaria y me llamó mi representante. «Hay una coproducción con Federico Luppi, Héctor Alterio y Pepe Soriano». «Acepto». «Esperá que te cuente de que se trata». «Lo que sea, ¿sabés las clases de actuación que puedo recibir de esos tipos, el honor y el orgullo de trabajar con ellos, y encima me pagan?», le dije. Para mí las películas se dividen entre las que uno disfruta hacer, y las que no. Esta la disfruté.
P.: ¿Es cierto que a Ricardo Urteaga, el director, le dicen «el Marcelo Piñeyro uruguayo»?
G.P.: No lo sabía. Bueno, él coprodujo «Plata quemada», es un tipo que piensa en el publico, sabe decir ciertas cosas -que es una de las misiones del cine-, y todavía puede hacer mucho más.
P.: Cuénteme de «Sábado» (donde también hay otro uruguayo, el actor Daniel Hendler).
G.P.: En una fiesta de «Nueve reinas»
por el millón de espectadores, una asistente de dirección me contó que un amigo suyo, Juan Villegas, había escrito un guión con un personaje que llevaba mi nombre. Creí que era una cargada. «No, mirá, es un guión muy bueno, pero vos estás en la industria, no sé si te interesa algo tan chico». Pero yo como actor también quiero probar eso, y el guión me pareció sumamente personal, porque interpreto al personaje que menos conozco, es decir a mí mismo. Tenia tres opciones. Podía hacerlo totalmente diferente, cercano a mí, o tal como soy cuando la cámara esta apagada. Elegí una, y creo que funcionó. Al menos, en mi familia se rieron del modo en que pude reírme de mí mismo, en temas como la fama, las fobias, la inseguridad de sentirme un hombre-objeto durante parte de mi vida.
G.P.: Salvo cuando las circunstancias lo requirieron, nunca fui un histrión. Me fascinan los actores que muestran pero al mismo tiempo esconden, esos que uno como espectador debe descubrirles cosas, que uno siente que algo les está pasando adentro. Disfruté mucho «Nueve reinas» porque precisamente me permitía esconder, ya que hacía un personaje para Darín y otro para la gente, y hay miradas que me delatan. Pienso en James Cagney, «¿Método? Te parás en la marca, mirás a tu compañero a los ojos, y decís la verdad». Es eso, ver qué le pasa a tu compañero, y entablar el dialogo. Ricardo trabaja así, con la mirada y la verdad.
P.: Suena irónico hablar de verdad cuando el texto es una ficción, y el personaje es un chanta.
G.P.: Pero el chanta debe ser el primero en creerse su personaje, y su discurso, y que, como dice mi novia, acá son todos chamuyeros, en este caso se trata de estar, como actor, mas allá de la ficción. El actor debe hablar de verdad, volcar sentimientos de verdad, con la verdad que le da el texto, y la que transmite el subtexto. Y en el fondo, las únicas verdades son las sensaciones que se pueden transmitir. Recuerdo «Nueces para el amor», la película que más amor me dio, y más amor le di. Primer día de rodaje, primera escena, muy difícil, cuando reencuentro a mi viejo amor, interpretado por Ariadna Gil. Esa noche, en el hotel, me dio pánico. «Esta mina es impresionante, no voy a estar a su altura, voy a quedar pagando. Yo me rajo, huyo al Africa sin decirle a nadie, qué sé yo...». Y después me digo «Esperá, estas en España, con un director como Alberto Lecchi, buen tipo, y con una gran actriz. Mejor abrí los ojos, ¡y aprendé». En el fondo es como el fútbol, si el otro juega bien, me va a hacer jugar bien a mí también. Es esa cuestión de mirar al otro y entablar el dialogo.
P.: ¿Qué viene después de estos dos estrenos y el «Sahara»?
G.P.: Me gustaría producir algo en teatro. En cine, para diciembre, con Mirtha Busnelli, rodaríamos la segunda de Alejandro Macci («El impostor»). Además, hace tres años que vengo juntando material sobre personajes de Buenos Aires. Una noche de insomnio tomé la videocámara y salí a ver quiénes más no podían dormir. Después le empecé a agregar tomas de día. Recién estoy como buscando, pensando un documental. Admiro los documentales como «Dársena Sur», de Pablo Reyero.




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