24 de octubre 2000 - 00:00

Hancock y Shorter, a la altura de los clásicos

Herbie Hancock y Wayne Shorter llevan el sello deMiles Davis, y está bien clara la herencia que recibieron de su paso por elquinteto del genial trompetista. Pero mucho más que en lo estrictamentemusical, esa marca queda explícita en la actitud artística con que sepresentaron en el escenario del Coliseo.

Plantearon su concierto como un recital de músicaclásica: trajes oscuros, ninguna palabra con el público -apenas un «muchasgracias», en castellano, en la despedida-, un par de instrumentos acústicos -elpiano de cola y el saxo soprano-con muy poca amplificación y que hasta sepodría haber evitado, y absolutamente ninguna concesión al espectáculo.

Hancock y Shorter hicieron sólo cuatro largas piezasdentro del concierto a la que agregaron un único bis, en poco más de una hora.Pero el tratamiento que le dieron a esa música distó notablemente delconvencional respecto de lo que se escucha habitualmente en artistas de jazz.Casi hasta podría decirse que no hicieron un recital de jazz, sino uno demúsica culta de este siglo con muchos sectores improvisados.

En un auténtico «cross-over», pasaron por BélaBartók, Stravinsky, las experimentaciones atonales y aleatorias. Solamente enun momento hubo una referencia a un pulso y a un ritmo más marcados; cuandoHancock jugó golpeando con sus manos dentro del encordado del piano.

Pero muy pocas veces se escucharon melodías amplias,despliegues técnicos virtuosísticos, notas de adorno, o improvisaciones a lamanera del bebop o de otras corrientes jazzeras. Y tan estrictos y duros fueronen su lenguaje que unos cuantos espectadores abandonaron la sala antes delfinal, desilusionados probablemente porque esperaban encontrarse con unconcierto más cercano a lo conocido.

El protagonismo se repartió entre ambos, y pormomentos Hancock se quedó solo sobre el escenario preludiando sobre las teclaso haciendo con armonías inesperadas o superposiciones atonales de notas. Perosiempre se observó una perfecta comunión entre ellos, un juego permanente depreguntas y respuestas musicales, una idea exacta de lo que estaba haciendo elcompañero.

Pese a lo imponente del total, puede decirse quizás que elconcierto fue de mayor a menor, porque los recursos se fueron repitiendo y loque había sido sorpresa en el comienzo dejó de serlo superados los primeros 40minutos. Pero ese aspecto no empañó el trabajo de dos señores que demostraronuna vez más que no es necesario tocar notas de más, ni someterse a las reglasde lo previsible, ni atarse al propio pasado, para exhibir el talento y hacerbuena música.

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