«Persiguiendo a Beethoven», de B. Da Costa. Dir. yTrad.: D. Ruiz. Int.: G. Böhm, D. Ruiz, A. Azaceta, O. Pacios. (AlianzaFrancesa.)
B ernard Da Costa (premio Goncourt 1976,premio de la Sociedad de Autores Franceses 1987), autor de más de una treintenade piezas, ha sido representando por los grandes actores franceses. EdwigeFenillére, François Perrier, Jacques Mauclair y Madeleine Robinson,entre otros, protagonizaron sus obras teatrales o intervinieron en laspelículas basadas en sus guiones.
«Persiguiendo a Beethoven» fuedistinguida como la mejor pieza cómica con el premio Tête d'Or 1995.
La obra es curiosa: se divide en dos partestotalmente distintas una de otra. El primer acto está construido en estilo defarsa. Un snob inglés se interpone en el camino del joven Wagner, quemarcha al encuentro de Beethoven, a quien venera. El inglés no repara enmedios para acoplarse al músico. Su certero olfato le indica que éste tienemuchas más posibilidades de acercarse al maestro. El «diletante» persevera y laprimera jornada es también una persecución que arrastra casi a la desesperaciónal joven Wagner.
En la segunda parte, la aparición de Beethoven hacevirar bruscamente el clima. El joven Wagner recibe como maná losconsejos del maestro que lo inspiran para crear una ópera que se alejeabsolutamente de los modelos convencionales. Aunque el encuentro nunca seprodujo, las afinidades existieron realmente. Por boca de Beethoven elautor expresa sus propios pensamientos. El bellísimo monólogo participa más dela literatura que del teatro, como lo que expone es tan esencial se escucha conplacer y asume un carácter casi didáctico.
Si bien la primera parte es más teatral que lasegunda, ambas por separado tienen un atractivo del que las interpretacionessacan excelente partido.
La pieza habla del arte, del compromiso delcreador consigo mismo y con la humanidad y del irreparable daño que le infligenlos que se acercan a él con el deseo de ser reconocidos y sacar provecho.
El inglés resume todos los defectos del «amateur»:pedantería, suficiencia y vulgaridad. Es una especie de Salieri farsescoque no llega al asesinato. Wagner, con su apasionamiento verdadero, sugenio y su inquebrantable voluntad, es la contrapartida.
Daniel Ruiz ha marcado la obrarespondiendo a los estilos impuestos por el autor. La primera parte es como unagavota, la segunda refleja, aunque con cierto humor, la soledad y elaislamiento que sufriera Beethoven a causa de su carácter atormentadopor la sordera y con certera visión ha transformado la música en protagonistade la pieza, creando un intervalo que es un homenaje al creador, en el cual Wagner,sentado de espaldas al público, como un asistente más, escucha embelesado lapartitura de «Leonora».
Al placer de la música se agrega el de lainterpretación de Gustavo Böhm en el papel del inglés. Su versatilidad ysu ímpetu son asombrosos. Tiene también el don de manejar los textos como sifueran una partitura: su sentido del ritmo es impecable. Además, logra algo muydifícil: dar a su trabajo la apariencia de una improvisación (siendo como es elresultado de una afinada técnica), lo que redunda en frescura y espontaneidad.
Adrián Azaceta interpreta al juvenil Wagnercon simpatía y Daniel Ruiz dota a su Beethoven de una pasiónque se mezcla con la cólera y adopta ciertos rasgos atrabiliarios. La pieza esdesconcertante, pero ingeniosa. Y el espectáculo logra provocar la risa ytambién emocionar.




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