6 de marzo 2001 - 00:00

Intelectualizado, el tango pierde ritmo y esencia

Adrián Iaies es un buen pianista y tiene algunas buenas ideas. Su formación viene del jazz y de la música clásica, y es en ese terreno donde parece sentirse más cómodo.

Sin embargo, hace ya un tiempo, decidió acercarse al tango y hacerle su propio aporte. Iaies se concentra entonces en las variaciones melódicas y armónicas llevadas hasta un extremo que muchas veces torna irreconocibles las piezas sobre las que está trabajando, en la ruptura de la forma hasta prácticamente hacerla desaparecer, y en las sutilezas tímbricas.

Clásicos

Desarma clásicos como «El día que me quieras», «La cumparsita», «La pulpera de Santa Lucía», «La casita de mis viejos», «El choclo», «Silbando», y los reconstruye a su manera, preludiándolos, interpolándoles pasajes de otros temas, alisando el pulso, alivianando el toque pianístico. Pero en ese juego intelectual que entraña las buenas ideas citadas, se olvida de un aspecto central del tango o de casi cualquier música. «El secreto del tango está en el ritmo», dicen los que saben, y precisamente eso es lo que olvida Iaies. La consecuencia es que el producto final se desnaturaliza y pierde su identidad rioplatense.

Viniendo este planteo de un músico como él, evidentemente formado, está claro que no es un problema de desconocimiento el que lo lleva a elegir este camino, por eso el cuestionamiento que se le hace es estético y no formal. En este caso, compartió algunos momentos de su concierto solista con el contrabajista de jazz Horacio Fumero que exhibió su conocida solvencia técnica y su talento para «cantar» melodías en el agudo del instrumento, pero que tampoco logró conectarse con el lenguaje del tango, y con el bandoneonista Pablo Mainetti que puso el cable a tierra «canyengue» del que careció la mayor parte del recital.


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