Interesa más como eslabón intermedio que como secuela

Espectáculos

Tras el éxito inesperado y arrollador de la película artesanal «El proyecto de la Bruja Blair», sobre todo en su país de origen, su secuela era tan ineluctable como las fuerzas oscuras que arrastraban a sus protagonistas en la larga noche del film original. Había enormes ganancias y un rebote en la prensa demasiado grande como para dejarla de lado.

Pero «El libro de las sombras», en rigor, no es tanto lo que se espera de una habitual segunda parte, como una tentativa, bastante novedosa en este tipo de cine con mercado casi exclusivo entre los teenagers, de producir un eslabón intermedio, casi documentalista, entre aquélla y lo que se anuncia que contendrá el próximo capítulo, con la resolución del enigma Blair.

Paradójicamente, y en esta línea, las virtudes de «El libro de las sombras» también son sus puntos débiles, lo que no obsta para que la producción, ahora con un presupuesto que ni hubieran soñado los jóvenes realizadores del primer film, pueda ser vista con agrado. Esas virtudes son mayormente la confesión que hace la película, en su extensa primera mitad, de reflexionar antes que contar, de generar un informe antes que un relato.

El director
Joe Berlinger, que tiene un apreciable background justamente en este tipo de cine, produce un interesante recorrido acerca de los efectos que el film original provocó en la localidad de Burkittsville, vecina al bosque de la bruja Blair. El registro es documental, tal como el de la primera parte, pero por cierto más verosímil que aquél: ya no está en discusión la existencia de una bruja sino la de cientos de curiosos, fanáticos y «psychos», que no dejan de visitar la zona en busca de sensaciones propias, souvenir o merchandising de cualquier tipo. Y eso, para bien o para mal, existe de verdad.

Jóvenes

El puente entre esta zona del film (perfectamente podrían ser «true facts» y haber sido incluida, como un extra, en el DVD de la primera parte) y la anterior es la dramatización de un contingente de un grupo de jóvenes que replican, de alguna forma, a los tres originales. Ahora hay un ex interno de una clínica mental, una parejita que está escribiendo un libro sobre Blair, una practicante de un culto demoníaco light y un «man in black». Dadas sus características, y lo que les va a sobrevenir, no hay razón para que no sospechen los unos de los otros. Pero el espectador atento sabe, apenas empiezan a ocurrir las cosas misteriosas, que la consigna de Blair no escapa, más allá de su propia originalidad, a la de gran parte del cine fantástico de esta época, que prefiere omitir el rostro del mal, que siempre fija imágenes que terminan siendo limitadas, para amplificar su efecto con la sola inducción a su existencia.

Y, como la consigna de esta intersecuela no es resolver sino prolongar un mismo encantamiento hasta que llegue la orden de dar las notas finales, no cabe esperar en lo narrativo muchas más sorpresas que en la anterior. Eso sí: la profesionalización de este film le ahorra al espectador algunos de los dolores de cabeza que siempre produce la cámara en mano (su empleo es mucho más limitado), ya se trate de un pasatiempo como éste o de la gravedad de los «dogmáticos» serios.

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