De una charla informal entre Josefina Robirosa y Jorge Gamarra que oficia de prólogo del catálogo de la muestra que este destacado escultor argentino exhibe en Galería Rubbers, extraemos interesantes conceptos. Su obra es siempre simple, sintética, porque no está en su naturaleza ninguna inclinación hacia lo barroco. Armónica, rigurosa, un desafío cotidiano por la cultura del hacer, el descubrimiento y la investigación de nuevos materiales y herramientas. Su obra revela el placer por tocarlos, horadarlos, tallarlos, pulirlos, es decir, poner el cuerpo y dar forma a una materia inerte que poco a poco va cobrando vida.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Sus materiales son los tradicionales, la madera, la piedra, difíciles, duros, por eso, cuando se habla de contemporaneidadtérmino muchas veces confundido con «a la moda», Gamarra deja entrever que esos materiales van contra la corriente. En Gamarra, el artista y el artesano constituyen una unidad, hace un culto de la perfección y exaltación del oficio hasta lograr la pureza de las formas. Son precisamente esas formas puras, despojadas, absolutamente estéticas -otro término casi en desuso- que poseen una intensa vida propia, más allá de la forma que puedan representar.
Por otro lado, en su trabajo directo, en su activa relación con el material, éste «colabora» en la concreción de una idea. Si se trata de piedra, ésta no puede, como lo señalaba Henry Moore, aparecer débil, debe conservar dureza y tensión. Y la piedra ha sido otro desafío para el artista ya que hace relativamente poco tiempo ha podido, como él mismo lo expresa, «doblegarla». Un ejemplo es «Piedra Erosionada», granito negro zulú de Zimbawe, en la que ha trabajado más de tres meses; o «Torsión», granito rosa del Salto. Obras, por sólo nombrar algunas, en las que Gamarra, una vez más, revela su carácter obsesivo, su gran concentración, una conjugación de intuición y racionalidad. Galería Rubbers-Espacio Alvear (Av. Alvear 1595). Clausura el 21 de octubre. • Héctor Basaldúa (1894-1976) es uno de las tres B, junto a Aquiles Badi y Horacio Butler, que en 1928 realizaron en Amigos del Arte la primera exposición del «Grupo de París». Según lo señaló el crítico y académico Romualdo Brughetti en su valioso libro «Nueva Historia de la Pintura y la Escultura Argentina», como director escenógrafo del Teatro Colón entre 1930 y 1955, Basaldúa «dio vida nueva a la representación de obras insignes del arte lírico, cambiando la fisonomía escénica del famoso coliseo, al crear el misterio de las formas a través de la sugestión de ambientes, al desechar lo imitativo y el trompe-l oeil».
Así, Emilio Basaldúa, que continúa la labor de su padre en el Teatro Colón, ha modificado la Galería Principium ( Esmeralda 1357) con motivo de la exposición «Correspondencias-Héctor Basaldúa -Silvina Ocampo». El excelente montaje permite situarse en la época en la que, en cartas al artista, Silvina alaba el paisaje a orillas de un lago suizo, se queja de que no le conteste con frecuencia, le pide consejos acerca de cómo pintar, le expresa su cariño por los temas de sus cuadros que le recordaban su infancia.
Son pequeños cuadros en los que se condensa la temática del paisaje de Buenos Aires, zaguanes, balcones, patios con hamacas, mujeres asomadas a las puertas, esquinas de barrio. Es notable el retrato de Silvina y su elegante postura -tapa del catálogo-en el que el artista esboza sus rasgos así como el ambiente, también elegante, que la rodea; una síntesis de una Buenos Aires y suburbios ya desaparecidos, no exactamente en su total geografía sino en su espíritu, en la demorada charla de café, el paseo dominguero, las charlas de las mujeres, ahora interrumpidas por celulares, urgencias y demandas de un presente alienante. Clausura el 8 de octubre.
Dejá tu comentario