Jorge Romero Brest marcó, como teórico y operador cultural, una época en el arte argentino cuyos efectos se sienten hasta hoy.
"Entendemos que la crítica, sin olvidar las reacciones sensibles y el juego de la imaginación, debe enriquecerse por sus fundamentos teóricos y por su modo inteligente de explorar la realidad, lo que no significa en modo alguno que la concibamos como una fría estructura de ideas".
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Estas definiciones fueron escritas en 1948: si entonces pudieron asombrar por su novedad, todavía hoy conservan la frescura de su llamamiento. Son de Jorge Romero Brest (1905-1988) y aparecieron en el número inicial de «Ver y estimar», revista creada en 1947 y formalmente establecida en 1954. Romero Brest empezó a escribir sobre arte hacia 1929, a fines de la década que vio la irrupción del modernismo, y cuyo crítico y teórico por antonomasia fue Alberto Prebisch (redactor del periódico «Martín Fierro», 1924-27). Sin embargo, la actividad de Romero Brest se sistematizó al cabo de los años 30, primero en el diario socialista «La Vanguardia» (1939-40) y de inmediato en el periódico semanal «Argentina Libre», vocero del pensamiento antifascista (1940-46).
Entre tanto, obtuvo cátedras en la Universidad Nacional de La Plata y en el Colegio Nacional de esta ciudad; publicó su primer libro en la materia («El problema del arte y del artista contemporáneo», 1937), y difundió, a partir de 1945, los cinco tomos de su excelente «Historia de las artes plásticas». En 1946, participó con Pettoruti, Lucio Fontana y Jorge Larco de la fugaz Escuela Altamira, y en 1947, quedó cesante de sus cargos educativos en La Plata -como su admirado Pettoruti, a quien se exoneró como director del Museo Provincial de Bellas Artes.
Cuando, a fines de 1955, el gobierno provisional nombró a Romero Brest interventor en el Museo Nacional de Bellas Artes (el gobierno siguiente, presidido por Arturo Frondizi, lo hizo director en 1958), colocó al hombre correcto en el lugar correcto.
Porque Romero Brest, que en la década del 40 era ya un crítico y teórico respetado, en la del 50 se convirtió en una figura de alto prestigio aquí y en el exterior (era entonces miembro asociado del Museo de Arte Moderno de Nueva York, vicepresidente de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, y jurado internacional de varios certámenes, entre ellos en la Bienal de Venecia). El MNBA reabrió sus puertas en junio de 1956. Pero era otro Museo. Romero Brest decía que en las salas del edificio de la avenida del Libertador 1473 saltó de la teoría a la práctica, porque no se limitó a «reestructurar el desquiciado Museo» sino también a «impulsar por nuevos caminos a los jóvenes creadores». La obra realizada allí por Romero Brest fue extraordinaria: no debe olvidarse que durante muchos años, el MNBA había ignorado lo que ocurría en materia de arte, fuera y dentro de la Argentina. Pero además de actualizar el MNBA a través de sus muestras, también lo puso al día en materia de organización museística y cultural.
Si la destitución de 1947 dio origen al descubrimiento de Romero Brest en los campos de la teoría y la crítica, la renuncia a la dirección del MNBA, en 1963, le permitió, en el Centro de Artes Visuales (CAV), formular un aporte invalorable a la marcha de las expresiones estéticas de nuestro país. Su renuncia fue motivada por la aceptación hecha en junio de 1962, por el presidente José María Guido, ad referendum del Congreso, de la donación que había ofrecido Cesáreo Bernaldo de Quirós (las 30 telas de su serie «Los gauchos», 1924-28) con destino al Museo. Aunque era reglamentario, Romero Brest no fue consultado; de haberlo sido, habría rechazado el donativo. Cuando el Congreso se dispuso a homologar, en 1963, la aceptación gubernamental, Brest dimitió. Pero si el Museo perdía un gran director, el Centro de Artes Visuales ganaba no sólo un gran director sino además un gran creador.
La labor desplegada por Romero Brest en el CAV fue sencillamente prodigiosa. Junto a las muestras de artistas de renombre mundial (Albers, Alechinsky, Lipchitz, Dubuffet, Lohse, Picasso, Munch, Torres García, Motherwell, Fontana) se escalonaron las de Berni, Le Parc, de la Vega, Badii, Aizenberg. Pero el CAV -esa especie de faro en la llamada Manzana de las Luces-fue también el territorio de un grupo de jóvenes artistas a quienes Romero Brest incitó a buscar otra filosofía del arte -un arte sin arrogancias ni solemnidades, transitorio y gozoso como la vida-y, cuyo símbolo es Marta Minujin.
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