Juguetona evocación de un ícono peronista

Espectáculos

«Pulqui, un instante en la patria de la felicidad» (Argentina, 2007, habl. en español). Dir.: A. Fernández Mouján. Documental.

Para las nuevas generaciones: el Pulqui, o Flecha, en idioma quechua, fue un prototipo argentino de avión caza a reacción, construido por la Fábrica Militar de Aviones entre 1947 y 1959, bajo dirección de los ingenieros Kurt Tank, Norberto Morchio y Emile Dewoitine. Por entonces sólo unos pocos países tenían aparatos a reacción, lo que evidencia el buen nivel de nuestros técnicos, y las buenas aspiraciones del gobierno, aunque los antiperonistas siguen desacreditando ese esfuerzo, debido entre otras cosas a la presencia de Tank, un ingeniero que había trabajado bajo el III Reich. No consideran que los soviéticos copiaron sus viejos planos para hacer el Lavachkin y el Mig-15, que en 1956 EE.UU. mismo contrató su equipo sin ningún problema, y que después él desarrolló en la India un caza que se mantuvo en actividad hasta 1985.

Corresponde dar esta información, porque, contra lo que podría esperarse, «Pulqui...» no se centra en ella, sino más bien en la otra parte del título: la creación de ese «instante en la patria de la felicidad», un asunto casi inasible, que el director Fernández Mouján logra transmitirnos con ingenio, humor asordinado, paulatinamente contagioso, y un final de dulce y emotiva melancolía. Todo esto, lo logra siguiendo en forma cómplice y creativa los avatares de una juguetona experiencia del artista plástico Daniel Santoro, que con su habitual alegría de niño grande, construye una maqueta del avión Pulqui para hacerla volar en la República de los Niños.

El film muestra esa alegría pese al cielo nublado y el galpón ascético donde se construye el juguete, el recelo de gente más seria, y el resultado mismo de la experiencia, que para el artista es un juego simbólico, en tanto su constructor, el veterano Miguel Biancuzo, maquinista retirado del Teatro Colón, se toma el trabajo y el peronismo bien a pecho. Biancuzo es claramente el coprotagonista de esta historia, el amigo gruñón del héroe alegre, y también, varias veces, el enlace entre la práctica y las fantasías, entre el recuerdo concreto de una época y su mitificación, e incluso entre el público y el artista.

Reveladora, en ese sentido, la escena en que Santoro le (nos) explica uno de sus cuadros, donde el peronismo aparece como un espacio verde, «de vagabundeo ideológico» entre las rígidas estructuras de izquierda y derecha. Intensa, la versión de «La marcha peronista» que su hijo toca al piano, como una herida que se desgaja en la tristeza, lo mismo que la de «Naranjo en flor».

Evocador de lejanos tiempos, el vuelo casi onírico sobre un Valentín Alsina semidesvencijado. E inesperada, coherente, y bella, la repentina imagen de una Evita con aureola, cuidando a una niña en un bosque (la futura mamá de Juanito Laguna), según creación de Fernández Mouján, bien a tono con los motivos del pintor.

Quizás el espectador tarde un poco en entrar en el juego. Pero después, cuando se prendan las luces y le quede el sabor de la reflexión poética, le costará salir.

Dato anexo, el quinto prototipo del Pulqui, construido ya en 1959, está en el Museo Nacional Aeronáutico de Morón, a pocos metros del lugar donde Perón finalmente aterrizó en 1973, mientras en Ezeiza se mataban por él a tiros y cadenazos. Y pequeña corrección: alguien dice por ahí que Walt Disney visitó la República de los Niños, y ello lo inspiró para hacer Disneylandia. La verdad, vino en 1940, cuando aquello todavía era un baldío, y tampoco fue a Bariloche para imaginar «Bambi», como cuentan los guías turísticos, pero, en fin, si no hubiera mitos tampoco se podría volar.

P.S.

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