«Los amantes del siglo» («Les enfants du siècle», Francia, 1998; habl. en francés). Dir.: D. Kurys. Int.: J. Binoche, B. Magimel, R. Renucci, S. Dionisi.
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Casualmente, el más reciente de los «Textos recobrados» de Borges (1931-1955) incluye su breve prólogo para una edición de 1945 de la correspondencia entre George Sand y Alfred de Musset. «El amor desea una secreta publicidad, desea misterios, simpatías y símbolos», escribe Borges.«Este amor fue casi un espectáculo del París de la época romántica y lo es para nosotros, aún».
Medio siglo después de aquel prefacio, contemporáneo de la «Canción inolvidable» de Hollywood donde Merle Oberon, en el mismo papel que ahora Juliette Binoche, lucía menos su cuerpo que su vestuario y caballerosidad (y tenía un amante cronológicamente posterior, Chopin), esa pasión no ha perdido su condición de espectáculo.
Autenticidad
Los episodios que la sostuvieron parecerían descabellados si no fueran auténticos: Musset, dandy opiómano y ya a los 23 años vedette de los salones y las letras francesas, no podía viajar a Italia con su nueva conquista, la señora Aurore Dudevant, famosa por el seudónimo de George Sand, porque su madre y su hermano mayor no le daban permiso. Trabajosamente, fue la señora Sand quien debió gestionar el visto bueno (en la correspondencia, sesenta años antes de que Freud teorizara el Edipo, Musset llama cariñosamente «madre» a su amada de 29 años).
Sin embargo, la aventura veneciana de ambos tuvo más de literatura, tisanas y prostíbulo que de pasión: por esos días, a Sand la preocupaba más su obra que el lecho, y a Musset más las mujeres alegres de San Marco que el Parnaso. Ambos enfermaron: ella por una trivial gripe, él por la droga. Los atendió el mismo médico, Pietro Pagello, que salvó a Musset de la muerte y enamoró a Sand.
Romanticismo
La película de Diane Kurys está animada por algunas de las características de aquel espíritu romántico que definieron la época: desmesura, renunciamientos, corazones inconstantes y un toque de ridículo, trampa a la que el amor siempre se expone. Juliette Binoche, seductor misterio convertido en actriz, vuelve a demostrar que siempre su último papel es el que su carrera estaba esperando. Su contradictoria George Sand es tan sólida como lánguida, tan fuerte como insegura. Benoît Magimel explota las partes más vistosas (entre ellas, la puerilidad) del complicado papel de Musset.
La reconstrucción de época es convincente y apropiadamente suntuosa, e introduce al espectador en un tiempo y una ciudad donde la política también podía hacerse en salones, a fuerza de melenas y versos alejandrinos. «Lo verdadero en toda aventura no son las circunstancias concretas, es la general y abstracta pasión» termina Borges su prefacio. Al cine de época, forzado a reconstrucciones y al desfile de celebridades de enciclopedia y museo (Sainte-Beuve, Delacroix, etc.) a veces le cuesta más aprehender la pasión que las circunstancias concretas.
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