La España trágica en film claro y profundo

Espectáculos

«La lengua de las mariposas» (Id., España, 1999; habl. en español). Dir.: José Luis Cuerda. Int.: Fernando Fernán Gómez, Manuel Lozano, Uxía Blanco, Gonzalo Uriarte.

En la Galicia de 1936, no era fácil ser maestro de escuela y librepensador al mismo tiempo. En ese paisaje verde, negro y crudo, don Gregorio (Fernando Fernán Gómez, en otra admirable interpretación) cultiva de manera silenciosa la pasión por la novela clásica y la naturaleza, y mucho más ocultamente, la lectura de los anarquistas utópicos.

Don Gregorio es laico y pacífico, y su propia vejez tiene menor cabida aunque la vejez misma en esa sociedad más y más prepotente y altisonante. Está al frente de un grupo de chicos a los que les transmite, sobre todo, el conocimiento directo de los fenómenos naturales, la observación del microcosmos de la flora y la fauna: «Las mariposas tienen lengua, que es como la de los elefantes pero del tamaño de un hilo, y enroscada como un mecanismo de relojería».

El niño Moncho (Manuel Lozano) comparte con don Gregorio la misma sensación de estar ajeno al medio. En su caso, las barreras son el asma y los temores a la escuela, empezando por el miedo al propio don Gregorio. Pero cuando la comunicación se establece, la unión será, en apariencia, indestructible.

El maestro lo inicia en el descubrimiento de
Stevenson, en la geografía de los alimentos, en el ciclo de la vegetación y, sobre todo, en la respuesta ética ante las circunstancias más triviales de la infancia, como una pelea con un compañero en el patio de la escuela.

La nueva película de
José Luis Cuerda, director que en el pasado produjo una pequeña obra maestra («El bosque encantado») y algunos films de refinado encanto, como «Amanece, que no es poco», prosigue con «La lengua de las mariposas» esa misma línea de cine transparente, basado en elementos sencillos, que en este caso se resuelve en un desenlace con el efecto de un puñetazo. El guión del gran libretista Rafael Azcona se inspira en diferentes cuentos de «¿Qué me quieres, amor?», de Manuel Rivas, y es exactamente el modelo del cuento breve lo que se advierte en la pantalla: un final contundente que perturba el sentido y la racionalidad de lo que se venía viendo.

La película nunca pierde contacto con el mundo y la época de las que da testimonio; algunos reproches que se le han hecho a cierto «maniqueísmo» en la pintura histórica parecen olvidar que también la realidad, algunas veces y en ciertas circunstancias, también es maniquea.

Una virtud secundaria del film, aunque no menor, es su acertada galería de personajes: desde los padres de Moncho -él republicano culposo, ella ferviente católica- hasta el desopilante pícaro de pueblo y sus amores por Carmiña, impedidos por un perro guardián, confirman el talento de Cuerda por apropiarse tan luminosamente de muchos retratos de esa España del pasado, la de las fidelidades y traiciones, la que soñaba y tropezaba trágicamente.

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