24 de septiembre 2008 - 00:00
"La ficción tiene derecho a reinterpretar la realidad"
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Para el escritor colombiano, «lo único que no se pueden permitir
las novelas históricas es ser redundantes; si se siguen
escribiendo y leyendo, es porque nos dicen cosas que no
dicen los libros de historia, los ensayos, el cine».
P.: Además, la suya no es una novela histórica, ni una ficción biográfica, ni un relato metaliterario.
J.G.V.: Me gustan las novelas que son más de una cosa. Por caso, una novela histórica que sea a la vez una reflexión sobre la historia y una novela de aventuras, pero además, como en ésta, que recupere la picaresca. En mi caso trato de inventar una voz, un estilo, una gente y un anecdotario que agarre al lector del cuello y no lo deje irse. Y diciéndole al pasar cosas importantes, enfrentándolo a grandes hechos de América Latina o de la condición humana. El divorcio de la exploración de grandes preguntas y el relato de una historia apasionante es una de las grandes tristezas de la literatura contemporánea.
P.: ¿Por eso entre sus temas incluye el de la identidad?
J.G.V.: Eso se fue revelando a medida que escribía, no fue una decisión abstracta, previa. En un momento me di cuenta de que era una de las cosas que valía la pena que explorara con esta novela. La identidad fue algo que interesó mucho a la generación del boom y, por alguna razón, la pregunta sobre de qué modo somos el producto de nuestra historia desapareció en las generaciones siguientes. Y hoy, novelistas de otros países, de otras regiones, se siguen interesando por esa pregunta, como Orhan Pamuk en Turquía, Peter Carey en Australia, Salman Rushdie en India.
P.: ¿Cómo aparece en usted esa necesidad de narrar su país?
J.G.V.: Antes sentía que no podía escribir sobre Colombia porque no la entendía. Había crecido con la idea hemingwayana de «escribe sobre lo que conoces y lo que dominas». Hasta que me di cuenta de que no entender algo es la mejor razón para escribir sobre eso, porque las novelas que me interesa leer y escribir son las de averiguación, las que son instrumento de conocimiento, las que van al corazón de las tinieblas para contarnos lo que hay allí. Una de las justificaciones que tiene escribir novelas es ir a los lugares que nadie ha contado, a los de nuestro pasado colectivo e individual. Y explorarlos con esa manera tan particular que tiene la novela de contar las cosas. Los novelistas somos gente rara que cree que el mundo no está completo hasta que no ha sido contado en una novela. Y en una novela, en mi caso, sobre Colombia.
P.: A pesar de que allí tienen a García Márquez...
J.G.V.: El se ha manejado, en sus grandes novelas, con una parte mínima del territorio colombiano: el Caribe del siglo XIX. Y a través de ese filtro tan particular que es el realismo mágico. Tenerlo en cuenta fue para mí un reto adicional dado que «Historia secreta de Costaguana» trata del Caribe y del siglo XIX. Mi respuesta fue el tono de mi libro, que va por el lado de la ironía, el sarcasmo, el humor. Mi narrador es un hombre que se siente culpable por haber cometido una serie de errores en su vida y quiere confesarse, quiere pedirle a esa entidad anónima que es el lector que lo juzgue y lo declare inocente o culpable. A la vez, busqué involucrar al lector en la visión de la historia como relato, sobre que lo ocurrido es algo que alguien nos ha contado por tanto subjetivo, parcial, lleno de prejuicios, de intereses culturales o económicos.
P.: ¿Cómo imagino a su lector? ¿Cómo un conocedor de Conrad?
J.G.V.: No escribo para un lector sino pensando que voy a crear un lector nuevo, que voy a despertar en alguien el interés por Conrad, por el Canal de Panamá, por el desgarro de un sueño ambicioso. Conrad es un personaje más, lo trato como a un ser ficticio, de forma irreverente, sin intención alguna de homenaje o panegírico. Tiene abscesos anales, es un mentiroso que se inventa heroísmos que no tuvo. El riesgo que corría era que alguien pensara que tenía que haber leído a Conrad para poder leer « Historia secreta de Costaguana», lo que es falso. La novela es un aparato absolutamente independiente y ni se tiene que saber quién fue Conrad, ni Panamá, ni el Canal, nada.
P.: Y esa persona se indigna porque Conrad, cuando escribe su historia, ni lo menciona.
J.G.V.: La riqueza de esa situaciónes que puede ser tomadade muchas formas. El hombre que ha vivido una vida real quejándose por no ser incluido como personaje de ficción, el hombre que ha vivido una vida real quejándose de que su confesión ha servido para inventarse una novela, no entiende cual es la diferencia entre el mundo real y el mundo ficticio. No entiende que escriba algo que malinterprete la historia. Alguien me ha dicho que es mi ataque preventivo ante quien me venga a decir que he distorsionado la historia de Colombia. Hay también en esa situación una vindicación de la autonomía de la ficción, de su poder, del derecho que tiene de reinterpretar la realidad.
Entrevista de Máximo Soto



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