8 de octubre 2002 - 00:00

La obra de Carballo continúa inquietando

Obra de Aída Carballo
Obra de Aída Carballo
En el contexto de «APA 1942-2002», organizado por la Asociación Psicoanalítica Argentina con motivo del aniversario de la institución, que ha cumplido 60 años de labor en el desarrollo del psicoanálisis argentino y latinoamericano, se acaba de realizar el coloquio «Arte y locura en las artes visuales», coordinado por Cristina Melgar, en el que participaron el artista y arquitecto Clorindo Testa, Rosa María Ravera, presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes, y el autor de esta nota.

En ese contexto, hemos querido presentar a Aida Carballo, destacada artista argentina cuya obra y vida están fuertemente vinculadas con esa temática. Dibujante y grabadora, ceramista y pintora, Carballo, nacida en Buenos Aires en 1916 y muerta en 1985, ocupa un lugar de excepción en la historia del arte argentino contemporáneo.

Realizó su primera muestra en 1949, y ya entonces se había diplomado en los tres centros de enseñanza donde se formó: las escuelas Prilidiano Pueyrredón, de Cerámica, y Ernesto de la Cárcova. Cuando Carballo entró en la escena artística de Buenos Aires, a fines de la década del 40, la pintura mantenía una fuerte hegemonía y el grabado estaba en un segundo plano.

Por sólo citar dos casos separados en el tiempo y en la realidad cotidiana, Lino Spilimbergo realizó, en 1935-36, la serie de monocopias Breve historia de la vida de Emma, una prostituta, marginada por la sociedad, y Antonio Berni retomó este tema en los «xilo-collages» de Ramona Montiel, en 1962-78.

La obra de Carballo sólo puede entenderse plenamente si se advierte su naturaleza social, o mejor, su honda entraña humana, a veces embebida de sátira y a veces tocada por el dolor, aunque siempre sumida en un sentimiento de comprensión.

•Dibujo

Se sentía ante todo una dibujante: el dibujo, según ella, es «la manera más pura y abstracta de la plástica, directamente ligada al lenguaje de los sueños». «El primer hombre que quiso acercarse a otro, sin tener su mismo lenguaje, hizo un dibujo», decía. La conocida definición de Baudelaire acerca del grabado se aplica a la obra de Carballo: «Género tan sutil y tan soberbio, tan ingenuo y tan profundo, tan franco y tan severo; puede reunir paradójicamente las cualidades más diversas y es el que mejor revela el carácter personal del artista». Una síntesis del pensamiento del artista.

La figuración oscilaba, en las obras de
Carballo, entre un expresionismo sin alardes y una surrealidad sin desplantes. Lo irónico y lo patético se unen en sus grabados. El amor, la fantasía, la locura -que vivió tan de cerca-, los personajes de la vida diaria, como esos «calvos herméticos» de sus series, son temas insistentes de su producción, a los que deben sumarse sus múltiples visiones de Buenos Aires, ciudad que la artista conocía como la palma de su mano.

De esas visiones forma parte la serie
De los colectivos, un mordaz estudio de costumbres urbanas ejecutado en la década del 60. Macedonio Fernández, uno de cuyos poemas ilustró Carballo, sostuvo desde el título de uno de sus libros, que «no toda es vigilia la de los ojos abiertos»: exaltaba así el primado de la ensoñación perceptiva y de la realidad sentida. La obra de Aída Carballo es, acaso, una perdurable transposición artística de la realidad sentida por una creadora, que confiaba en el inmenso poder de la vigilia, sublimada por la ensoñación perceptiva.

Carballo
vivía sintiendo e imaginando. Lo que sentía y lo que imaginaba iba a dar a sus grabados. Y también a sus escritos, en los que solía rendir cuentas. Vale la pena saber que la artista tenía una especial devoción por el papel. «No me gusta herir al papel», decía, para explicar por qué realizaba sus tintas con pinceles. Las imágenes, pues, eran sentimientos. El grabado impone una especie de intervalo entre ejecución y obra; es como el boceto del pintor antes de pintar su tela o como el molde del escultor antes de vaciar su bronce.

Sin embargo, lo que se graba ya es la obra. Pero lo será materialmente cuando el ácido haya atacado el barniz de la plancha de metal o la piedra caliza esté pronta a ser impresa. La artista decía que acudía al grabado por su nobleza, y que el dibujo -que es lo que hace el grabador sobre la plancha de metal o sobre la piedra caliza-está directamente vinculado con los sueños.

Este intervalo que demanda el grabado entre ejecución y obra terminada, en el caso de Carballo, es el laborioso, lento, difícil, traspaso de una realidad que la artista acaba de percibir en la vigilia-sueño (o en el sueño-vigilia), a otra realidad que debía ser percibida por otros, en condiciones no siempre similares.

Carballo
, internada en sanatorios y en el Hospital Neuropsiquiátrico a mediados de la década del 50, evitaba el «amarillismo de la locura», esto es, la explotación de los trastornos mentales con el fin de generar un marketing para sus grabados o telas. Tampoco quiso nunca que su obra posterior a la internación fuese examinada y, sobre todo, interpretada desde el punto de vista de esos trastornos. «La enfermedad no crea -dijo-, es el arte el que nos salva».

Y no porque buscase ocultar ni disfrazar el tiempo de sus días de sanatorios y hospital. Sus apuntes al lápiz tomados entonces fueron convertidos en los estupendos grabados de la serie
De los locos, presentada muchos años después, en 1963; pero entre los dibujos veloces y los grabados existen distancias. Hizo anotaciones minuciosas de aquel tiempo, difundidas en el Museo de Bellas Artes, en su muestra de octubre de 1996, que sobrecogen por su fidelidad.

Carballo
vio en la locura un estadio que le impedía o interrumpía la traducción artística de esa realidad. Alguna vez escribió: «La locura es la práctica de lo absoluto».

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