8 de octubre 2002 - 00:00
La obra de Carballo continúa inquietando
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Obra de Aída Carballo
•Dibujo
La figuración oscilaba, en las obras de Carballo, entre un expresionismo sin alardes y una surrealidad sin desplantes. Lo irónico y lo patético se unen en sus grabados. El amor, la fantasía, la locura -que vivió tan de cerca-, los personajes de la vida diaria, como esos «calvos herméticos» de sus series, son temas insistentes de su producción, a los que deben sumarse sus múltiples visiones de Buenos Aires, ciudad que la artista conocía como la palma de su mano.
De esas visiones forma parte la serie De los colectivos, un mordaz estudio de costumbres urbanas ejecutado en la década del 60. Macedonio Fernández, uno de cuyos poemas ilustró Carballo, sostuvo desde el título de uno de sus libros, que «no toda es vigilia la de los ojos abiertos»: exaltaba así el primado de la ensoñación perceptiva y de la realidad sentida. La obra de Aída Carballo es, acaso, una perdurable transposición artística de la realidad sentida por una creadora, que confiaba en el inmenso poder de la vigilia, sublimada por la ensoñación perceptiva.
Carballo vivía sintiendo e imaginando. Lo que sentía y lo que imaginaba iba a dar a sus grabados. Y también a sus escritos, en los que solía rendir cuentas. Vale la pena saber que la artista tenía una especial devoción por el papel. «No me gusta herir al papel», decía, para explicar por qué realizaba sus tintas con pinceles. Las imágenes, pues, eran sentimientos. El grabado impone una especie de intervalo entre ejecución y obra; es como el boceto del pintor antes de pintar su tela o como el molde del escultor antes de vaciar su bronce.
Sin embargo, lo que se graba ya es la obra. Pero lo será materialmente cuando el ácido haya atacado el barniz de la plancha de metal o la piedra caliza esté pronta a ser impresa. La artista decía que acudía al grabado por su nobleza, y que el dibujo -que es lo que hace el grabador sobre la plancha de metal o sobre la piedra caliza-está directamente vinculado con los sueños.
Este intervalo que demanda el grabado entre ejecución y obra terminada, en el caso de Carballo, es el laborioso, lento, difícil, traspaso de una realidad que la artista acaba de percibir en la vigilia-sueño (o en el sueño-vigilia), a otra realidad que debía ser percibida por otros, en condiciones no siempre similares.
Carballo, internada en sanatorios y en el Hospital Neuropsiquiátrico a mediados de la década del 50, evitaba el «amarillismo de la locura», esto es, la explotación de los trastornos mentales con el fin de generar un marketing para sus grabados o telas. Tampoco quiso nunca que su obra posterior a la internación fuese examinada y, sobre todo, interpretada desde el punto de vista de esos trastornos. «La enfermedad no crea -dijo-, es el arte el que nos salva».
Y no porque buscase ocultar ni disfrazar el tiempo de sus días de sanatorios y hospital. Sus apuntes al lápiz tomados entonces fueron convertidos en los estupendos grabados de la serie De los locos, presentada muchos años después, en 1963; pero entre los dibujos veloces y los grabados existen distancias. Hizo anotaciones minuciosas de aquel tiempo, difundidas en el Museo de Bellas Artes, en su muestra de octubre de 1996, que sobrecogen por su fidelidad.
Carballo vio en la locura un estadio que le impedía o interrumpía la traducción artística de esa realidad. Alguna vez escribió: «La locura es la práctica de lo absoluto».




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