Lo demás, es previsible: en la pieza sucede como en aquella memorable película protagonizada por Bette Davis y «La malvada» logra imponerse mediante un latrocinio descarado en el que narra la vida de la anciana, con la excusa de que ha obrado impulsada por la admiración.
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El choque, inevitable, se produce al final, pero la anciana, amparada en su dignidad y su moral, aún tiene la fuerza suficiente como para expulsarla de su vida.
La obra tiene una protagonista absoluta: la verdadera escritora. Agria por momentos, que comparte de mala gana sus secretos y vive con el recuerdo de un amor imposible. Amor que la otra usurpa en su ficción, aunque su pequeña mente no sea capaz de valorarlo en lo que realmente fue. De modo que el secreto de la anciana permanece dentro de su corazón.
El espectáculo está apoyado en la interpretación de una Lidia Lamaison, en la plenitud de su talento, que justifica por sí sola todo lo que sucede en escena. Y se transforma en un homenaje a la actriz, cuyo intacto talento resplandece con toda su fuerza. Y la ovación del público es otro homenaje. Merecido por cierto y una especie de revancha que devuelve a los ignorados y castigados «viejos», la dignidad y el respeto que merecen.
A su lado, Adriana Salonia parece destinada sólo a darle los bocadillos. Su transformación, desde una casi servil admiradora, sus viles intenciones y las etapas en las que debe expresar la seguridad que va adquiriendo a medida que se apropia de la experiencia de su maestra, son visibles sólo en los cambios de vestuarios. Es adecuada la escenografía de Martha Albertinazzi, pero poco sugerente el vestuario. La dirección de Hugo Urquijo transita caminos convencionales, como la pieza de Donald Margulies.
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