27 de agosto 2001 - 00:00

La obra vale por Lydia Lamaison

Comer entre comidas.
"Comer entre comidas".
«Comer entre comidas», de D. Margulies. Dir.: H. Urquijo. Esc.: M. Albertinazzi. Int.: L. Lamaison y A. Salonia. (Andamio 90.)

El tema del profesor y el alumno, con sus infinitas variantes, se presta a innumerables interpretaciones. «Comer entre comidas», es una de ellas. Una joven aspirante a escritora, ha logrado exprimir sus experiencias de vida en varios cuentos «prometedores» que atraen la curiosidad de una escritora anciana, decidida a servirle de mentor para que la niña «haga carrera». Pero la novata tiene escasa imaginación y una vida vacía.

La admiración que siente por su profesora está teñida de envidia y la tentación del éxito y la figuración son más poderosas que el tibio llamado de su informe talento. De modo que a través de la mezcla de un discipulado fingido, con las tareas de secretaria y a veces de servidora, va penetrando en la vida de la anciana, devorándosela. También se aprovecha de la necesidad de afecto de una anfitriona, transformándose casi en una hija.

Lo demás, es previsible: en la pieza sucede como en aquella memorable película protagonizada por Bette Davis y «La malvada» logra imponerse mediante un latrocinio descarado en el que narra la vida de la anciana, con la excusa de que ha obrado impulsada por la admiración.

El choque, inevitable, se produce al final, pero la anciana, amparada en su dignidad y su moral, aún tiene la fuerza suficiente como para expulsarla de su vida.

La obra tiene una protagonista absoluta: la verdadera escritora. Agria por momentos, que comparte de mala gana sus secretos y vive con el recuerdo de un amor imposible. Amor que la otra usurpa en su ficción, aunque su pequeña mente no sea capaz de valorarlo en lo que realmente fue. De modo que el secreto de la anciana permanece dentro de su corazón.

El espectáculo está apoyado en la interpretación de una
Lidia Lamaison, en la plenitud de su talento, que justifica por sí sola todo lo que sucede en escena. Y se transforma en un homenaje a la actriz, cuyo intacto talento resplandece con toda su fuerza. Y la ovación del público es otro homenaje. Merecido por cierto y una especie de revancha que devuelve a los ignorados y castigados «viejos», la dignidad y el respeto que merecen.

A su lado,
Adriana Salonia parece destinada sólo a darle los bocadillos. Su transformación, desde una casi servil admiradora, sus viles intenciones y las etapas en las que debe expresar la seguridad que va adquiriendo a medida que se apropia de la experiencia de su maestra, son visibles sólo en los cambios de vestuarios. Es adecuada la escenografía de Martha Albertinazzi, pero poco sugerente el vestuario. La dirección de Hugo Urquijo transita caminos convencionales, como la pieza de Donald Margulies.

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