«Al calor de las armas» («The Way Of The Gun», EE.UU., 2000; habl. en inglés). Dir.: Ch. Mc-Quarrie. Int.: B. del Toro, R. Philippe, J. Lewis, J. Caan y otros.
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"Al calor de las armas" es una de esas películas que pueden llegar a hacerse más atractivas cuando se las cuenta que cuando se las ve. Su realizador y guionista, se nos recuerda, acredita un Oscar por el ingenioso libro de «Los sospechosos de siempre». En su nuevo trabajo, McQuarrie extrema las sorpresas argumentales, las vueltas de tuerca, se prodiga en frases casi orientalistas que a veces suenan muy bien (y quizá sonarían mejor oídas en otra parte), y, especialmente, gasta hasta las municiones que no tiene para llenar la pantalla y el ámbito sonoro de la sala con un frenesí de disparos. Pero la película es fría y exterior, y muy larga.
Hace mucho que no se oían tantos tiros en el cine. Los gunlovers, esa gente que se detiene con arrobo ante los negocios de armas de la calle Lavalle, amará esta película. El resto del público puede llegar a dividirse. Y una parte más minoritaria aun a disfrutar los «homenajes» a Sam Peckimpah.
La historia sigue un lineamiento inteligente, su ejecución se pierde entre larguísimos baños de sangre, perforaciones de todo tipo, humaredas y carne herida, cosida o destrozada por plomo y vidrio. Habrá espectadores que consideren esta letanía de violencia, repetida a intervalos regulares, una desagradable interrupción en el desarrollo de la historia, de por sí compleja. Para otros, será siempre «the real thing». A cada cual lo suyo.
Protagonistas de «Al calor de las armas» son dos bandidos (Benicio del Toro y Ryan Philippe) con los que se busca evocar, desde sus nombres, a Butch Cassidy y The Sundance Kid. En su recorrida por el Mal (camino siempre sembrado de frases, como se dijo antes), descubren que un hombre poderoso espera un hijo suyo de una madre portadora ( Juliette Lewis), a la que en el acto deciden secuestrar para pedir un rescate.
El poderoso, se sabrá después, no es más limpio moralmente: su fortuna tiene que ver con el lavado de dinero. Con la mujer a cuestas y tres guardaespaldas casi robotizados tras ellos (salvo el más humano James Caan), los bandoleros protagonizarán esa sinfonía sangrienta que tanto deleita fotografiar el director. Entre balas y gritos, además, no hay que perder detalle, a riesgo de no comprender algo de la trama. Tarea que puede volverse heroica para quienes se tapan la cara cuando no soportan la violencia gráfica.
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