23 de marzo 2000 - 00:00

"LAS REGLAS DE LA VIDA"

S e dice que, con sus siete candidaturas esta película es capaz de hacerle sombra a la favorita de los Oscar. Eso depende de una pulseada entre las empresas Miramax y Dreamworks, pero en todo caso es algo anecdótico. Más allá del previsible resultado, «Las reglas de la vida» merece perdurar por su melancólica belleza, y su aguda, y hasta contestataria, visión de algunas cosas. Baste decir que uno de sus héroes es un médico abortista, y que el director es Lasse Hallstrom, el mismo de «¿Quién ama a Gilbert Grape?».
La obra, ambientada en los años '40, se basa en un bestseller de John Irving, quien también hizo el primer trabajo de adaptación, contando la experiencia de un muchacho criado en un asilo de huérfanos, que sale a conocer algo del mundo (trabaja en una quinta, conoce a una chica cuyo novio está en la guerra), y asume una responsabilidad.

 Estilo

En cine, sigue siendo un texto de Irving, pero es fácil encontrar también las marcas de Hallstrom: las pérdidas a que un niño debe resignarse, la sabia ironía con que pueden mezclarse distintos estados de ánimo, las mujeres sexualmente más animosas, el mayorcito que intenta eludir su responsabilidad dentro de una familia atípica, la gozosa decisión de subirse a un techo...
Tobey Maguire en “as reglas de la vida” el quinto de los films nominados al Oscar.

Estas marcas pueden encontrarse sobre todo en «El año del arco iris (Mi vida como un perro)» y en la antedicha «¿Quién ama a Gilbert Grape?», que son acaso sus obras más intensas y personales. Comparada con ellas, «Las reglas de la vida» parece un poco menos personal, más armada según receta, pero tiene lo suyo. Es más aguda de lo que se percibe a primera vista, y define muy bien una trilogía digna de consideración.
A tener en cuenta: una escena muy bien planteada contra el aborto ilegal (y, sin decirlo, a favor de su legalización); otra escena, deliberadamente dickensiana, de huerfanitos sonriendo ansiosos ante un posible matrimonio adoptivo, y las caracterizaciones de dos seres creíbles y queribles, que al mismo tiempo son personas ejemplares y reos de delitos privados imperdonables para varias sociedades, protectores y autodestructivos, tipos reprochables, pero que dejan un buen recuerdo, igual que tantos padres.
Son objetables, en cambio, cierto estiramiento a la americana, y algunos preciosismos sin más justificativo que los de componer una imagen bonita. Quizá tengan otra justificación: la de consolarnos frente a los dolores de una vida cuyas reglas tampoco nosotros hemos escrito. Lasse Hallstrom dedica esta película a la memoria de su padre y dos amigos, uno de los cuales es el director canadiense Phillip Borsos, otro artista inmenso y melancólico, tempranamente fallecido.
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