(23/05/2001) J.F. Freedman, «Más allá de la ley» (Bs.As., Emecé, 2001, 469 págs.).
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Toda la acción de este policial gira en torno de la misteriosa muerte de Reynaldo Juárez, un narcotraficante de origen mexicano. Aprisionado por la DEA durante breve lapso, Juárez logra fugarse y casi de inmediato, en la espesura de un bosque, es asesinado por un disparo anónimo.
Por sus características, el caso despierta la suspicacia pública y obliga de algún modo a investigar en serio (la DEA lo había hecho en un procedimiento interno que concluyó determinando que ninguno de sus miembros era responsable del hecho). Luke Garrison, ex fiscal y ahora abogado defensor, será quien lleve a cabo la investigación; lo hará como fiscal «ad hoc».
Los convencionalismos y facilidades que el lector norteamericano exige en materia de policiales se encuentran todos, sin excepción, en «Más allá de la ley». Garrison, anglosajón de pura cepa, elige para secundarlo a tres agentes: una mujer, un hispano y un negro. Nadie podrá tratarlo de racista o machista. Casado y padre de un pequeño, rehuye la tentación que atractivas mujeres le van presentando; su accionar, sin embargo, no huele tanto a moral cuanto a moralina.
Se deslizan críticas en el texto sobre el sistema carcelario en California o sobre la inoperancia de la DEA. («¿Desde cuando la DEA pesca algo que no sea un resfrío?», comenta un personaje), así como se reconoce explícitamente que en apartadas regiones de la misma California se cultiva, fabrica y distribuye gran cantidad de droga, pero llegado el momento de colocar nombre a los principales traficantes, éstos, invariable-mente, resultan ser hispánicos.
De las 469 páginas del libro, huelgan doscientas. El convencionalismo reclama, en este punto, que los libros de entretenimiento sean largos. Lo malo de éste es que, sin poseer excesivas dotes de vidente, en la página 150 aproximadamente el lector tendrá una idea por demás clara de quien efectuó el disparo que eliminó a Juárez. En realidad, el verdadero misterio de «Más allá de la ley» reside en la traducción. El peninsular gilipollas ha sido reemplazado por el vernáculo boludo. Pero la confusión surge cuando el adjetivo cachondo aparece un par de veces. ¿Es española o argentina la traducción? ¿No será esta una «canasta» de localismos, anticipatoria de otras más publicitadas?
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