22 de julio 2003 - 00:00
"Los artistas pueden mentir mucho pero nunca engañar"
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Periodista: ¿Realmente existió este personaje?
Isaki Lacuesta: Existió, ya que, empezando por el nombre, se inventó a sí mismo: aristócrata, vagabundo, deportista (medía casi dos metros), amigo de los dadaístas, que años después le dedicaron el famoso corto «Entreacto», poeta, actor, viajero, posiblemente pintor... Su tarjeta de presentación decía «Arthur Cravan, domador de canguros», pero también se presentaba como sobrino de Oscar Wilde, y hasta como hijo natural, mientras que el verdadero hijo mayor negaba a su padre. Es cierto. Cuando condenaron a Wilde, la familia, avergonzada, se cambió de nombre y fue a Suiza, a vivir con los padres de Cravan, que eran parientes lejanos.
Entonces él, provocador, subrayó su parentesco, y años después hasta publicó en una revistilla de Montparnasse «Wilde vive, sólo se hace pasar por muerto», cosa que recogió y publicó luego «The New York Times».
P.: O sea, más que domar canguros, enroscaba la víbora.
I.L.: Dicen que mi película «Cravan vs. Cravan» es un falso documental. Lo que tiene, es que cuenta la historia real de un tipo que mentía mucho. Por ejemplo, le hizo creer a toda Barcelona que era el campeón de Europa, cuando en verdad había perdido todas las peleas, y así armó una con el verdadero campeón mundial, el negro Jack Johnson. Ahora, si él definía cada acto de la vida como una forma de arte, y proclamaba que «la gloria es el escándalo», ¿esa pelea no habrá sido una performance anticipada? ¿Y la mayor de todas, su extraña desaparición en el Golfo de México? Porque cuatro años antes anticipó que se ahogaría para publicitar un libro que, entre líneas, nunca iba a escribir. Singularísimo caso de alguien que entró a la literatura, aunque sea como nota al pie de página, por algo que nunca hizo. Cravan es eso: notas al pie de página, fotos al lado de León Trotsky, Man Ray, o Mina Loy.
I.L.: La pintora, un personaje fascinante, que de él tuvo una hija que décadas después, ya viejita, llegó a la Monumental de Barcelona para un homenaje de plásticos, toreros, boxeadores y pintores al fantasma de su padre. Me pone los pelos de punta recordar que el último fotograma de aquella famosa pelea lo registra a contraluz, casi como un fantasma. ¿Cuándo vio usted la película? Porque la primera exhibición en el Festival Independiente de Buenos Aires fue muy defectuosa.
I.L.: Mi productor quería a Miguel Bosé, pero apareció Frank Nicotra, un dandy que no sólo escribe y boxea, sino que también dirige cine, y tiene un placard con 30 camisas blancas y 30 negras, todo a lo Cravan, muy seductor. Nicotra es como un eco, lo mismo que muchos artistas actuales que aparecen en la película son ecos de los anteriores, y al mismo tiempo son ellos mismos, mirando hacia una época donde todo era posible.Y que nos ha dejado la fascinación de un misterio.
P.: ¿Y ahora?
I.L.: Preparo tres historias al rededor de la voz del cantaor Camarón de la Isla, cuya cruz llevan en el pecho los gitanos andaluces. ¡Las madres le llevaban sus hijos, para que él los bendijera! La primer historia es sobre un niño que enmudece voluntariamente al cambiarle la voz. Otra, sobre una chica japonesa, porque en Cádiz hay cientos de japoneses estudiando flamenco. Creo que acá pasa lo mismo con el tango. Cuando empieza un espectáculo, hay que pedir en castellano, inglés y japonés que apaguen sus celulares. Y la tercera, es con el productor y los músicos de Camarón, tratando de rescatar su voz de una grabación a capella, cuando tenía quince años. La película se llamará «La leyenda del tiempo», por un disco mítico, y, bueno, espero que coincida más con «Mistery Train» y «El sol de membrillo» que con «Cravan vs. Cravan».
I.L.: En arte se puede mentir un poco, pero no se puede engañar. Es distinto de los noticieros, donde te engañan como a un chino.
Entrevista de Paraná Sendrós




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