3 de noviembre 2003 - 00:00

"Los ejecutivos de canales parecen odiar la cultura"

Román Chalbaud
Román Chalbaud
Derecho a dirigir una telecomedia «donde una chavista se enamora de un escuálido», volvió a su país el maestro venezolano Román Chalbaud, un hombre con 50 años de televisión y más de cine y teatro, que días atrás presentó algunas de sus películas en el reciente Festival de Cine y Video Latinoamericano de Buenos Aires.

«Me tratan tan bien que quisiera quedarme, pero ya empiezo a grabar 'Amores de barrio', con libretos de Rodolfo Santana, el de 'La empresa perdona un momento de locura'»,
dice a este diario. «Será como un llamado humorístico a la reflexión, porque hemos estado al borde de la guerra civil, y todavía se cometen muchas tonterías, siendo que debemos vivir juntos. Pero no será algo político. Yo no soy político». Dialogamos con él:

Periodista
: ¿Diríamos que es un hombre del espectáculo?

Román Chalbaud: Con esposa y dos amantes. La amante de menos importancia es la televisión: siempre apurada, frívola, de mal gusto. Pero es como la barra para el bailarín, la digitación para el pianista, y además te paga. Con las otras tengo grandes romances... y grandes gastos.


P.:
¿Cómo empezó todo?

R.C.: La primera película que vi en mi vida fue «Tiempos modernos». Después, «Frankestein», que salí corriendo y olvidé a mi hermana en la sala, y «Morena Clara», con vuestra Imperio Argentina. También, dos venezolanas: el melodrama «Pobre hija mía», y «Aventuras de Frijolito y Robustiana», con una pareja de cómicos negros, un éxito radial. Creo que por eso mi obra es como una mezcla de cosa social, popular, un poco truculenta y con muchas mujeres y canciones. Pronto el Liceo, donde hice teatro, y las tardes mirando filmar a Carlos Hugo Christensen y otros argentinos contratados por Bolívar Films, me permitieron iniciarme como cronista cinematográfico. A los 19 años entré como ayudante de un director mexicano del momento (fue como un taller de lo que no debe hacerse), y con esa mínima experiencia, apenas nació la televisión venezolana, me llamaron de coordinador. A los tres meses ya dirigía.


P.:
Fue en 1953: «El cuento venezolano televisado», «Teatro en el tiempo»...

R. C.: Todos los viernes, en directo, muy elemental, pero muy apreciado, porque era algo didáctico y ameno al mismo tiempo. Aún no había llegado el rating, y se podía hacer una buena televisión. Ahora insisten con eso del rating y el gusto del público. ¿Si a su hijo le gusta jugar con lodo le dará solamente lodo para que siga jugando? Pareciera que los ejecutivos de TV odiaran la cultura. En los '70, uno me decía «Oye, si alguien pide grabar primero su parte porque debe ir al teatro a hacer 'Hamlet', hazlo grabar último». No le hacía caso, si cuando empezábamos a grabar los ejecutivos se iban a sus casas, o a casa de sus amantes, o a tomar tragos. Nosotros, con Ignacio Cabrujas («El día que me quieras») logramos hacer series con grandes clásicos como «Doña Bárbara» o «La trepadora». Aunque la prensa los llamo culturales, la gente los veía. Fue una etapa maravillosa, hasta que el canal decidió comprar los servicios de la autora de telenovelas Delia Fiallo y hacer en colores lo que su rival había hecho en blanco y negro.


P.:
Usted equilibró los tantos tomando a la hija de Fiallo como protagonista de «Carmen la que contaba 16 años» y «Manon», dos films medio subidos.

R.C: Mayra Alejandra, tan dulce, tan profesional. Después coincidió con el mexicano Salvador Pineda, acá en Argentina, donde cada uno estaba haciendo una telenovela, se enamoraron, y quedó embarazada, pero habló la madre de Pineda, «¿Cómo, hijo, vas a casarte con esa mujer que no es mexicana?». La criatura debió criarla ella sola, qué drama. Bueno, en televisión también hice «La comadre», con guión de Juan Carlos Gené, una historia de casi treinta años, y en 2002 ganamos el rating con una comedia de Mónica Montañez, «Guerra de mujeres», muy divertida. Tenía 22 estrellas del canal, tres directores, y cada semana una boda, un divorcio, o un cumpleaños, para reunir a todo el elenco. Hombre, no te puedes vender del todo, pero un poquito...


P.:
Teatro y cine son otra cosa.

R.C.: Mi primera obra teatral (también en 1953), fue un drama poético que el primer día, un jueves, nos aplaudieron, porque eran todos invitados, el viernes fueron tres, el sábado sólo doce, y el domingo el dueño de la sala se quedó con todo, hasta con la cámara fotográfica de un actor. Pero en 1955, gracias a Juana Sujo, argentina, hice «Caín adolescente»: 25 personas, dos grupos folklóricos, mucha escenografia, un éxito. Era la dictadura de Pérez Jiménez, entonces me llamaron. «Todos los personajes son pobres, esta obra es comunista». «Pero no», les dije, «si todos rezan, y en sus altares tienen a Simón Bolívar, Carlos Gardel y Jorge Negrete». Ah, bueno. Es que mis criaturas son como las de «El polaquito», una obra excelente de Juan Carlos Desanzo, que acabo de ver. Luego subscribimos acciones e hicimos la película, otro éxito. Fuimos al Festival de San Sebastián, que no hacía censura previa aun cuando gobernaba el generalísimo Franco, y se armó el pataleo. Imagínese, una mujer clama su amor físico por un negro, la hija quiere hacerse un aborto, por suerte unos sacerdotes muy liberales tomaron la película como bandera. Los críticos franceses también me apoyaron, hasta que descubrieron que yo interpretaba mi obra de distinto modo que ellos.


P.:
Más tarde vino el boom del cine venezolano.

R.C.: En 1973. Lo inició «Cuando quiero llorar no lloro», sobre novela de Otero Silva, con muchas figuras de TV, entre ellas Verónica Castro, que entonces era muy linda y se desnudaba.


P.:
Boom donde resaltan varias obras suyas: «La quema del Judas», «Sagrado y obsceno», «La oveja negra», y sobre todo «El pez que fuma».

R.C.: Que transcurre en un burdel al que muchos ven como una metáfora del país, y alguna razón tienen. Sean Connery quiso estrenarla en Norteamérica, pero su socio lo desalentó porque debían ponerle subtítulos. El estaba asombrado con Hilda Vera. «Desde Greta Garbo en 'La dama de las camelias' que no veía una actriz muriendo de forma tan subyugante en la pantalla», me dijo. Creo que le asombraba la actuación. De querer levantarse a la actriz, simplemente me hubiera pedido el teléfono. Aunque, claro, estaba con la mujer, encima tan fea y desabrida como suelen ser las inglesas, pobre.


P.:
«Autopistas de hombres, kilómetros de hombres» decía La Garza en esa película.

R.C.: Qué frase. Se la escuché cuando jovencito a una prostituta, cierto que de modo menos poético. La puse ahí, la repetí en «Pandemonium», mi ultimo film, y hoy hasta aparece todos los mediodías en la presentación de una telenovela, donde la pusieron sin pedirme permiso. Mi amante la tele.


P.:
¿Proyectos?

R.C.: Tras la telecomedia «Amores de barrio» quisiera llevar al cine un éxito teatral de Mónica Montañez, «El aplauso va por dentro» (balance de una mujer al cumplir 40 años). Acaso con más plata haría también «Las trece fieras», sobre la guerra federal. Ya hice 19 películas, pero conseguir productor siempre es una tragedia. ¡Ahorita cuando más debería filmar, porque ya aprendí.

Dejá tu comentario

Te puede interesar