Lúcido retrato de los nietos de la dolce vita

Espectáculos

«Caterina en Roma» («Caterina va in città», Italia, 2003; habl. en italiano). Dir.: P. Virzì. Int.: S. Castellitto, A. Teghil, M. Buy, S. Vannucci.

La familia de la adolescente Caterina vive a 96 kilómetros de Roma (es decir, menos de la distancia que separa a Buenos Aires de Chascomús); sin embargo, cuando debe trasladarse hasta allí, ella será, irremediablemente, la campesina, la pajuerana expuesta a las bromas más soeces en su nueva escuela secundaria.

«Caterina en Roma»,
una de las pocas películas italianas que se estrenan al año en la Argentina, ilumina con humor, ingenio e ironía, un sólido y descarnado cuadro de la sociedad italiana de estos tiempos. A través del incisivo examen del microcosmos de esa juventud, pero no limitándose a ella (o empleándola como caja de resonancia), el film de Paolo Virzì da testimonio de cómo viven hoy los hijos y nietos de la generación de la «dolce vita», un término que, para ellos, carece de sentido: esa vita está acuartelada en logias con sus propios códigos y, si bien es individualista y sectaria, no tiene inconvenientes en intercambiar besos circunstanciales entre los partidarios de la derecha mussoliniana y la izquierda bucólica.

El desencanto del film está encarnado en el padre de Caterina, el profesor Giacovoni (el estupendo Sergio Castellitto, actor habitual en los films de Ettore Scola). Su función es la del tábano, el cuestionador que tiene toda la razón, pero es sumamente pesado, molesto, tal como termina resultando para su propia familia, para la sociedad e, inclusive, para el espectador (esa es la intención deliberada del libro).

Si el profesor Giacovoni no tiene un lugar en el mundo, si Roma no le da siquiera la mitad del cuarto de hora necesario en el que pueda decir su mensaje, para Caterina el panorama es peor: no sólo debe cargar con la desubicación ambiental y la marginación intelectual, sino que también debe sobrellevar, avergonzadamente, los excesos de su padre, que poco ayudan para que termine de integrarse a su nueva vida.

«Caterina en Roma»,
con divertidas y cómplices apariciones especiales de Roberto Benigni y Michele Placido, tampoco agota su riqueza en esa radiografía de la conflictiva generación pos-Berlusconi. También representa un atractivo soplo de frescura en la tradición más genuina de la comedia dramática italiana, que venía siendo amenazada, repetidas veces en los últimos años, por los modelos de importación de la sitcom norteamericana, algo que provocaba que se estuviera creando (como ocurrió con «El último beso») un nuevo y extraño género, el «Spaghetti-Seinfeld».

M.Z.

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