17 de octubre 2000 - 00:00

Maddin: "Busco que mis films sean ridículos, fabulosos y emotivos"

 

 

 

No cualquier director vanguardista recibe una carta deadmiración de la nonagenaria directora del cine nazi Leni Riefenstahl,ni mucho menos la invita a trabajar en un film suyo. Justamente eso es lo quehizo el canadiense Guy Maddin, cuyos films se exhiben desde ayer en laSala Lugones, gracias al Canada Council y la Cinemateca Argentina. ¡Y ellaaceptó!

Guy Maddin: Cuando surgió la idea, no pensé cuántagente podía llegar a irritarse. Yo sólo quería hacer una especie de opereta en losPaíses Bajos, donde, al final de un clímax horroroso, todos los hombres muerenbajo la fuerza de un dique, y sólo quedan las mujeres (aclaro que hay un juegode palabras: en ciertos sectores el término dike alude al lesbianismo). Esentonces cuando Leni aparece en los cielos, como Hitler en supelícula «El triunfo de la voluntad», y lee un breve poema sobre lanueva era, mientras cientos de mujeres saludables miran hacia arriba. Era sóloun chiste, pero provocó tanta inquietud que debí quedarme con las ganas. Canadáes un excelente lugar para filmar, el gobierno tiene una política culturalagresiva, de gran apoyo a los artistas, pero reconozco que en este caso hubierasido como pisar una mina. Mi irresponsabilidad no llega a tanto.

Periodista: ¿Todas sus películas tienen esesentido del humor?

G.M.: Yo sólo quería hacer una. Mi padre habíamuerto cinco años atrás, y venía a visitarme en sueños. Buscaba su afeitadorapor ejemplo, y se iba de nuevo. Me sentía abandonado. En mis sueños quería serel mejor hijo del mundo, pero en algo fallaba, porque se iba de nuevo. Descubríque mi madre tenía sueños similares: él venía por una escalera mecánica...peroel mecanismo se invertía, y se iba. Mucha gente sueña algo parecido, como quemorir es desertar, abandonarte. Pero esos sueños agridulces me dejaban lasatisfacción de haberlo visto otra vez, incluso la sensación de conocerlomejor, una sensación poética muy linda, eterna y universal. Por tanto pensé quepodía expresarla en cine. Compré una camarita a manivela, con olor a hongos,hermosa, y apenas la tomé se convirtió en una extensión de mi mano. Mi manoempezó a oler a hongos. Aquella cámara me lanzó a un mundo de pobreza, deprivaciones, ya no pude esconder lo que estaba haciendo, me sentía culpable dealgo, volvía del laboratorio como si volviera de un burdel, pero al fin hice mipelícula, «El padre muerto», un cortito de cinco minutos, sin sonido,naturalmente primitivo, accidentalmente poético, con ese tipo de poesía propiadel cine mudo, o de los comienzos del cine sonoro, que tanto me gusta.

P.: Una sospecha. ¿Es cierto que uno hace siemprela misma película?

G.M.: Es cierto. El núcleo de mi siguienteobra, «Cuentos del hospital Gimli», habla de dos hombres que compitenpor el afecto de una mujer muerta. «Arcángel» es como «Vértigo» conmontaje soviético. «Cuidado» mezcla «Hamlet» con una novela de HermanMelville, en una historia de montañistas a la manera alemana. Compré papelmaché, hice montañas de hasta cuatro metros, ¡con alpinistas cayendo hacia lamuerte!, toda una historia de pasiones. Es la que vio Leni Riefenstahl,que había hecho ese género cuando era joven (sólo que en montañas verdaderas).Ella me escribió entonces una carta muy entusiasta, y también muy flirteadora,con un impulso sexual muy saludable, y eso que ya pasaba los 80 años. Me dejórealmente inquieto, y perturbado. Ahí le ofrecí aparecer en un proyecto mío, yaceptó encantada, pero no pudo ser.

P.: ¿Pero usted cómo se metió en el cine demontañas?

G.M.: Será porque vivo en Winnipeg, la ciudadmás chata de Canadá, que sólo tiene una montañita de basura forestada. Cuandohiela, la tierra empuja hacia arriba restos de lavarropas, etcétera, como unamala conciencia, y muchas veces los ni-ños se lastiman con esos restos, a vecesfilosos. Uno piensa en eso, y piensa cuando en los '60, antes de la concienciaecológica, la municipalidad fumigaba no sólo los mosquitos, sino también losgorriones y hasta las ardillas, y es lógico imaginar una mezcla de Rulfo conChernobyl.

P.: ¿Usted siempre piensa en términos de mezcla,una fantasía tras otra?

G.M.: Mi padre era irlandés, mi madre esislandesa, es decir, no sólo vivo en un país de inmigrantes, con muchasinfluencias de todo tipo, sino que mis propios ancestros son pueblosfabuladores, y fabulosos, y además mis ancestros de Islandia son todosborrachos, violadores, incestuosos. Sé de uno que murió al caerse borracho entres centí-metros de agua. Mi última película, «Crepúsculo de las ninfas dehielo», es una mezcla de Knutt Hamsun (después descubrí que tambiénera nazi) con Prospero Merimée, sobre gente estilo derecha underground,como los de la bomba de Oklahoma, aunque después me desvié hacia los pintoresdecadentes franceses, quiero decir, me salió una mezcla de izquierda conderecha, cultura escandinava con francesa, los sueños de mi productor, y losmíos. Por suerte la última media hora, con mucho drama wagneriano, esabsolutamente mía, y quizá sea mi mejor media hora. En eso me ayudó mi mejoramigo, George Toles. El me enseñó a leer correctamente. Antes deconocerlo, a los 24 años, yo simplemente miraba televisión. El es como unpersonaje de un melodrama del Siglo XIX, algo anacrónico, y quizá por eso meescribe, además, casi todos los diálogos de mis películas, para que suenen comolibretos de ópera, con palabras arcaicas. Luego yo elijo el reparto, por lasvoces. Me encanta que haya la mayor cantidad de acentos posibles, aunque leshago hablar poco. Mi próxima película será sobre una chica sorda, que parasentir la música muerde un piano, por ejemplo, entonces deja rastros de susdientes por todas partes.

P.: ¿Su intención es provocar la burla, o laternura?

G.M.: Ambas cosas a la vez. Siempre quiero quemis películas sean ridículas, fabulosas, y emotivas, como las de Joseph vonStenberg y Douglas Sirk. Si logro parecerme, con gusto me subiríadespués a esa escalera mecánica en que se iba mi padre.

 

Dejá tu comentario

Te puede interesar