11 de mayo 2006 - 00:00

Majestuosa épica del pingüino emperador

La larga marcha del pingüino emperador antártico, en busca de su supervivencia, en elfilm del documentalista francés Luc Jacquet.
La larga marcha del pingüino emperador antártico, en busca de su supervivencia, en el film del documentalista francés Luc Jacquet.
«La marcha de los pingüinos» («La marche de l'empereur», Francia, 2005, dobl. al español). Dir. y Guión: Luc Jacquet. Documental.

Su título en francés es más noble, y coincidente con la calidad de la película: la Marcha del emperador, documental francés ganador del Oscar, se ocupa de esta especie de los pingüinos antárticos, de sus hábitos migratorios, de sus costumbres amorosas, de sus formas de supervivencia y de sus modos de reproducción y cuidado de las crías.

Así expresado, el trabajo de Luc Jacquet parecería no diferenciarse demasiado de algún capítulo de «Animal Planet» o «National Geographic», con los que no tiene en común más que a sus personajes. «La marcha de los pingüinos», además de un logro casi inhumano en lo puramente técnico (sólo hay que pensar en las temperaturas glaciales que debió enfrentar el equipo de rodaje en la Antártida, incluidas las numerosas secuencias subacuáticas), es también una poderosa dramatización del ciclo vital del pingüino emperador, cuyas escuetas guías argumentales no saturan de «poesía» inútil el foco buscado por Jacquet: la transformación de sus «actores» en protagonistas de una épica tan heroica como inteligente.

A la vez que brinda la información básica y necesaria sobre el comportamiento de estos animales y sus condiciones de vida, «La marcha de los pingüinos», a través de la sucinta historia de una familia de ellos, le da identidad a este ciclo de migración invernal, apareamiento y cría, desde la calculadamente demorada aparición del primero de los pingüinos (grandioso, emerge desde los hielos con brutal energía y, a la vez, con la gracia de un súbito salto de ballet), hasta el casi abrumador abarrotamiento de la pantalla con millares de ellos en antropomórficas caravanas, en congestiones y riñas, en solidaria comunidad ante la amenaza de los depredadores, como las gaviotas pardas o las focas marinas (a propósito, el film contiene algunas pocas escenas de ataque a las crías, que pueden llegar a impresionar a los más chicos).

No es poco lo que se aprende con el aspecto más puramente documental del film: el pingüino emperador constituye una sociedad «feminista» por simple razón de supervivencia. Luego del cortejo ritual, en parejas siempre monógamas (aunque sólo por un ciclo, luego suelen cambiar de compañero), las hembras le ceden al macho el huevo que ponen para que éste lo empolle, mientras ellas se marchan al mar a procurar el alimento.

La razón es simple: únicamente el macho resiste, de pie y firme, la hostilidad del clima y los depredadores durante el período de cuidado de los huevos que se extiende dos meses, en total oscuridad, y sin ingerir alimentos ni líquido. Del éxito de las hembras en la consecución de la comida, y su regreso a destino, depende entonces la continuidad de sus vidas y la de las crías.

El film se exhibe doblado a un español neutro y aceptable, que traduce las pocas voces francesas que sostienen el argumento. Esta versión es más razonable, y plástica, que la que se exhibió en los Estados Unidos, donde se suprimió tal dramatización y se optó, a la manera de un documental convencional, por el relato en off de Morgan Freeman.

Si los pingüinos hoy están gozando de un cierto auge en muchos países, y en muchos sentidos (el film de animación «Madagascar», por caso, los convertía en psicóticos), el film de Jacquet demuestra que también puede haber pingüinos buenos.

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