«Malas compañías» («Bad Company», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: J. Schumacher. Int.: A. Hopkins, C. Rock, P. Stormare y otros.
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E n «Malas compañías», Anthony Hopkins sufre el mismo problema que Clint Eastwood en «En la línea de fuego»: está demasiado mayorcito para correr tanto y le falta el aliento. También le faltan líneas de diálogo inteligentes, lo que no puede atribuírsele a la fatiga.
Chris Rock es mucho más joven y tampoco las tiene. En fin, nadie las tiene en este nuevo divertimento light de terrorismo mundial y valerosos agentes de la CIA del productor Jerry Bruckheimer, realizado por un director con el sí fácil para los encargos, Joel Schumacher (que vivió días mejores con «Un día de furia» o «El último año del resto de nuestras vidas»). «Malas compañías» es otra de las películas cuyo estrenó se demoró por el atentado del 11 de septiembre. Su trama, un refrito de situaciones tantas veces vistas antes, combina rutinariamente el desenmascaramiento de un traficante de armas internacional que vende al mejor postor una bomba nuclear para que alguien la ponga en Nueva York (Peter Stormare, condenado a papeles de malo) con una historia de hermanos gemelos que no se conocen entre sí, ambos interpretados por Chris Rock: uno muy listo y culto (un agente de la CIA) y el otro un pícaro holgazán. Tanta es la diferencia entre ellos que el primero ama la música clásica y no le gusta el rap.
Desgraciadamente, al primero lo matan en Praga al empezar la película, y su superior, el agente Oakes (Hopkins), tiene que reclutar al otro para que asuma su identidad. Desde luego, debe educarlo en tácticas de espionaje, convertirlo en un experto en artes plásticas y música, y enseñarle a hablar checo con fluidez. Todo esto en diez días, plazo en el que vence el falso contrato de compra con el traficante de armas.
La indiferencia de la película hacia la agudeza y la coherencia es pareja con su prodigalidad en escenas de peligro, escapatorias, redadas y choques de automóviles. Una verdadera fiesta de dobles de riesgo donde prevaleció la máxima oculta de Hollywood: «no permitas que la verosimilitud te impida un buen despliegue de tiros y acción, sin dejar de lado el toque sentimental». En efecto, su desenlace no se priva de emotividad cuando exalta el panteón de los agentes de la CIA caídos en cumplimiento del deber, poco antes de celebrar una boda y haber alejado el peligro de una detonación nuclear en la Grand Station. Ya lo previó Kubrick en los años 60: hasta Anthony Hopkins, con un buen cachet, puede despreocuparse y amar la bomba.
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