17 de marzo 2008 - 00:00

Malinverno, un artista que debe redescubrirse

Los árboles de Malinverno, postimpresionistas, son seguramente los mejores que haya creado un artista argentino.
Los árboles de Malinverno, postimpresionistas, son seguramente los mejores que haya creado un artista argentino.
Es el más grande pintor de árboles del arte de los argentinos. Pintó en Quilmes, Córdoba, Tres Arroyos y Tandil, y también en el norte de Córdoba, Tulumba y Sarmiento. Son los árboles, y en especial los eucaliptos, la constante de su pintura post impresionista. Malinverno fue contemporáneo y de la misma talla de Fernando Fader y Cesáreo Bernaldo de Quirós. Pero la escasa producción a lo largo de sólo 26 años hace que su obra no haya tenido la suficiente difusión, y en las últimas dos décadas se han realizado tan sólo dos exposiciones de sus obras. Hace 40 años sus obras se podían comprar en 100 dólares y hoy valen 80 veces más.

Desgraciadamente tuvo una corta trayectoria, desde su primera presentación pública que fue en el Salón del Centenario (1910) hasta su fallecimiento el 21 de junio de 1936, curiosamente el día en que comenzaba el invierno. Cerca de 15 de sus obras son ofrecidas todos los años en el mercado porteño y sus valores fluctúan entre los 80.000 dólares y los 2.000 dólares para las pequeñas manchas que realizaba del natural.

Malinverno nació en Buenos Aires el 20 de abril de 1890. A los 16 años de edad comienza a estudiar en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, con los maestros Reinaldo Giudici y Ernesto De la Cárcova. En 1917 gracias a una beca recorre Europa, en viaje de estudios, y al regresar abre una Academia de Dibujo y Pintura en Mercedes (provincia de Buenos Aires) y otra en la Capital Federal. Tenía una casita en Quilmes, y allí se retiraba a pintar en las horas que le dejaba libre su trabajo como inspector de escuelas, cargo que ocupaba desde 1930 y una agencia de publicidad, que le permitieron dar un buen pasar a su familia.

Cuando viajó por primera vez a Córdoba, quedó deslumbrado por el paisaje serrano y a partir de entonces se incorporaron a su temática los valles serranos, los ranchos y capillas, los algarrobos y los álamos. Pero fue, ante todo, un pintor de Buenos Aires: los lagos de Palermo, las quintas de los alrededores porteños, y la costa del río.

Disfrutaba recreando las arboledas de sauces y eucaliptos, con sus follajes densos, en los que se filtra la luz del sol. En su búsqueda de paisajes, lo acompañaban su mujer y sus hijas Alicia y Nené, quienes años después recordaban vívidamente la mano de su padre moviéndose grácil para formar, en pocos trazos, un árbol, el leit motiv de su pintura. Realizaba del natural pequeños cartones y tablas y luego aquellos que le habían producido más interés los llevaba a telas de mayores dimensiones en su taller.

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