Mascotas, hombres solitarios y un humor tierno y sutil

Espectáculos

La primera rareza que ofrece esta película, es que hay una perra, no perro. Muy callada, pobrecita. Pero los vecinos dicen que, mientras su dueño está en la oficina, ella gime lastimera, insoportablemente. Ergo, el dueño, que es un manso, la lleva al trabajo. Y la jefa, elegantemente, lo despide. ¿Cómo va a traer un animal a la oficina? Eso habilitaría a los demás empleados a traer sus mascotas, sus familiares, su otro yo. Más tarde él vuelve pidiendo la reincorporación. No se la dan, pero cuando abre la puerta de salida entran dos perros.

Ese es solo el comienzo. A poco el animal sale de escena (un final triste que se sugiere con dibujos). El dueño va conociendo otros trabajos, y encontrará al fin una mujer, un hijo, otro perro, un lugar en la vida. Por ahí aparece una pandemia causada por un meteorito (cuya caída también se sugiere con dibujos, esta película es de bajo presupuesto). Curiosamente, ese capítulo pandémico se filmó en 2019, cuando nadie imaginaba lo mal que puede caer una sopa de murciélagos chinos. Pero es que la película habla de cosas de siempre: las experiencias diversas del camino, la inestabilidad, la gente buena que también existe, el eco de las catástrofes, ese perro que uno lleva dentro y que da vueltas, con gruñidos y gemidos que solo uno oye, hasta sentirse más o menos bien, al menos por un tiempo.

Ana Katz pinta estas cosas a modo de viñetas, de simples episodios enhebrados a medida que pudo ir filmando, con su propio hermano Daniel como protagonista, y con un sentido del humor muy suave, de leve ironía, que recuerda un poco las miradas de Sempé, de Jim Jarmush, algunos dicen que de Kaurismaki, pero más recuerdan, y es lógico, el humor de sus anteriores “Una novia errante” y “Los Marziano”.

“El perro que no calla” (Argentina., 2021). Dir.: A. Katz. Int.: D. Katz, V. Lois, R. Bank

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