26 de noviembre 2000 - 00:00

"Me comparo con Napoleón, porque llevo a la gente a la batalla"

Pepe Cibrián Campoy
Pepe Cibrián Campoy
Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler acaban de dar los últimos retoques a su nueva comedia musical «Las mil y una noches», cuyo estreno está previsto para el 10 de enero de 2001 en el Luna Park. La obra estará protagonizada por Juan Rodó, de destacada actuación en «Los miserables» y Claudia Lapacó, quien interpretará a la sultana madre. Completan el elenco 93 artistas (elegidos por casting en agosto) y una orquesta de 27 músicos. Periodista: ¿Se tomaron muchas libertades con respecto a la obra original?
Pepe Cibrián Campoy: Todas. Porque yo, sinceramente, no leí «Las mil y una noches», salvo algunos de sus cuentos pero no rescaté ninguno. Lo único que me interesó fue que un hombre se enamora de una mujer, que a la vez le es entregada por su madre. La historia original cuenta que el sultán mataba a una mujer cada noche, pero acá el hombre tiene una madre, que gobierna mientras él guerrea y que le elige a sus mujeres. Siempre una distinta, para no correr el riesgo de ser desplazada por alguna de ellas. No es que el sultán esté dominado por su madre, ya que cada uno hace lo suyo como en un equipo. Ella gobierna desde lo burocrático y él desde lo territorial. Es como mi relación con Tito Lectoure: él produce y yo escribo y ninguno domina al otro. Volviendo a la historia, un día el sultán va de incógnito a una plaza de Estambul y descubre a Elena, una hermosa esclava que está a la venta. Enseguida le ordena a su sirviente que la compre. Pero esto lo escucha un secuaz de la sultana que de inmediato compra a la esclava para quedar bien con ella. La sultana se la ofrece a su hijo, quien termina enamorándose de esta joven, que cada noche le relata un cuento. Por amor decide nombrarla su sultana y es ahí cuando se desata la tragedia. El conflicto reside en ese triángulo creado entre la madre, el hijo y Elena.
P.: No importa de qué personaje se trate, usted siempre habla del amor.
P.C.C.: Del amor y de la madre. Será por este Edipo que uno tiene. En todas mis obras siempre hay una madre fuerte. Muchos me dicen: «¡Ah, ésa es tu madre!» pero no es así. Lo que yo tomo y me atrae mucho de mi madre es su teatralidad. Eso es lo que me inspira. Más allá de que todo autor está reflejado en su obra y que ese autor viene de un vientre que lo refleja a él, como es mi caso.
P.: ¿Siempre trabaja tan libremente?
P.C.C.:
En general, sí. En el caso de «El Jorobado...» leí la obra entera, pero con «Drácula» no. Empecé siendo fiel a la novela pero vi que en todas las versiones de cine el director hacía lo que le daba la gana, así que decidí hacer lo mismo.
P.: ¿Y en el plano musical, Mahler? Angel Mahler: Ante todo quiero aclarar que tengo 40 años, estudié y sigo estudiando mucho y todavía me siguen conmoviendo las melodías con fuerte contenido emocional. Siempre busco realzar la belleza de las melodías. Quiero que lleguen al público y le transmitan cosas como me pasa a mí cuando escucho a Mozart o a Puccini, al que admiro muchísimo por su sentido de lo melodramático. Para ser sincero creo que vivo en la música lo que no me animo en la vida. Por eso me fascinó seguir la historia de este sultán. Quién no sueña con vivir una gran pasión.
P.: ¿Incluyó aires orientales?
A.M.:
Si bien utilizo instrumentos étnicos como cítara o elementos de percusión árabes no fue mi intención reproducir melodías orientales. Salvando las diferencias creo que, de alguna manera, las evoco a la manera de Puccini en «Turandot». En las arias principales y en los momentos de amor se impone una línea más romántica.
P.: ¿Cuánto costó esta producción?
P.C.C.:
No sé, eso lo sabe Tito. Mucho dinero...
P.: ¿Más que «Drácula»? (que rondó el millón de dólares).
P.C.C.: Sí, creo que bastante más.
P.: A partir de «Drácula» usted comenzó a disponer de una fuerte producción ¿Qué efectos tuvo esto en usted como creador?
P.C.C.: Creo que en estos 30 años de trabajo ininterrumpido lo que cambió fue mi visión de la vida. Siento que soy un hombre muy privilegiado. Hice todo lo que me ha dado la gana sin importar dónde. Para hacer arte no hace falta ir al Luna Park. Para ser artista: la calle, un sótano, un subterráneo... da igual.
P.: Pero usted ya no trabaja en sótanos y además cuenta con una gran producción. ¿No cambió su concepción del espectáculo?
P.C.C.: No. Yo siempre he tenido mucha suerte. Hace unos meses me caí de cuatro metros y no me maté. Eso es suerte. Suerte es haber conocido a Lectoure y a otra gente en el momento oportuno. Lo que creo que me ha mantenido luego es eficiencia y talento. A mí no me cambia una gran producción porque eso es algo relativo. Yo dispongo de un gran compañero que es Tito Lectoure, un hombre muy sensible, muy artista que me da la posibilidad de hacer esto con 90 actores y con 27 músicos, algo que nunca hubiera soñado jamás. Pero a mí lo único que me interesa es hacer mi obra, no me importa si la tengo que hacer con un piano y silbando. Podría hacerla en algún sótano o en el teatro IFT. Me encantaría. No se si iría gente, pero eso ya no me importa porque ya he llenado varios estadios. Ya cumplí con mi fantasía de chico de ser reconocido y aclamado. Ninguno de los musicales que se hicieron acá o que vinieron de afuera tuvieron el éxito de «Drácula». Eso me llena de orgullo, no hubo otro así y además se trata de un producto nacional.
P.: ¿Cómo deciden la cantidad de artistas en escena?
P.C.C.: Arbitrariamente. Con Tito dijimos: «Pongamos noventa. Bueno, noventa». Podrían haber sido ciento diez.
P.: Es una multitud.
P.C.C.:
Pero yo lo disfruto mucho.
P.: Le gustan los grandes movimientos de masas.
P.C.C.: No es eso. Me atraen porque pienso que es una sola persona. Si bien son noventa personas, cada una con su absoluta y fantástica individualidad, tienen conmigo una relación similar a la de un general con su ejército. Parece frío pero en realidad es una relación pasional. Yo me comparo con Napoleón porque siento que llevo a la gente a la batalla y esto genera una gran confianza mutua. El teatro es vertical, no es democrático. No pueden opinar 90 personas acerca de cómo va a ser la escena, porque cada una tiene una visión distinta y además sea un éxito o un fracaso siempre cae toda la responsabilidad sobre el director.

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